Anda a comprar pan
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Que te encarguen ir a comprar pan. Tan simple como eso.
Todo iniciaba con una petición gentil al estilo:
—¿Me podés ir a comprar el pan para la comida?
“¿Y por qué no vas vos, vieja chota?”
Quién no quiso decir eso al menos una vez en su vida y que se vaya todo a la mierda. Escapar del país y alquilar sus muñecos y juguetes preferidos para vivir de rentas.
Pero no.
A uno no lo educan para ser osado y correr riesgos económicos, así que terminaba optando por la opción más sencilla: ir y putear por lo bajo.
Lo que nadie te explicaba era que "ir a comprar pan" jamás significaba ir a comprar pan.
Era una mentira.
Una estafa.
Una emboscada logística.
En teoría ibas a comprar dos miñoncitos.
En la práctica estabas coordinando el abastecimiento estratégico de toda la familia.
Porque apenas aceptabas arrancaba el interrogatorio.
—¿Qué pan compro?
—Y el común.
—¿Y si no tiene?
—Comprá miñón.
—¿Y si no tiene?
—Y bueno, cualquier pan.
Mentira.
Nunca era cualquier pan.
Después aparecían los cigarrillos.
—Traeme unos Derby.
—¿Y si no tiene?
—Comprá Jockey.
—¿Y si no tiene?
—Nevada.
Te aprendías tres marcas distintas, en tres tamaños distintos y con tres variantes de sabor.
Que box.
Que largos.
Que suaves.
Que extra suaves.
Que mentolados.
¿Quién mierda entiende eso si no fuma?
Parecía que estabas preparando un final de química industrial.
Y cuando creías que ya estaba todo listo empezaban a caer encargos adicionales.
—Traeme salsa.
—Y harina.
—Y fijate si quedó azúcar.
—Y preguntale a Don Carlos si llegó el pedido de tu tío.
Lo que empezó siendo una compra de pan terminaba pareciendo una misión humanitaria de Naciones Unidas.
Pero había una razón por la que uno aceptaba.
El vuelto.
—¿Me puedo quedar con el vuelto?
—Sí.
—Pero que no se enteren tus hermanos.
Y ahí arrancaba el verdadero negocio.
El vuelto era TU oportunidad financiera.
Era Wall Street infantil.
Mientras caminabas ya empezabas a hacer cálculos.
—Si compro media tira de Sugus me queda para un Bazooka...
—¿Me alcanza para un Naranjú?
—¿Cuántos Flynn Paff puedo comprar antes de levantar sospechas?
El verdadero experto en finanzas no era Warren Buffett.
Era cualquier pibe de barrio con cincuenta centavos en el bolsillo.
Porque uno no compraba lo más rico.
Compraba lo que rendía.
Capaz que con la misma plata podías comprarte dos caramelos espectaculares...
o treinta y ocho mediocres.
Y la decisión era obvia.
Treinta y ocho.
Los caramelos en tira eran una inversión razonable.
No eran particularmente ricos.
Pero venían organizados.
En fila.
Como soldados.
Y eso daba la sensación de estar comprando muchísimo.
Aunque los verdaderos especialistas invertíamos en caramelos de goma.
Porque se vendían por unidad.
Eso ya era compra mayorista.
Ahí aparecía Don Carlos.
El gran almacenero.
Una figura mítica del barrio.
Ese hombre te conocía desde que naciste.
Te había visto ir a comprar en ojotas.
En pijama.
En calzoncillos.
Porque de chico eras inimputable.
Nunca entendías si el tipo te quería o te odiaba.
Un día te regalaba caramelos.
Al otro te hacía problema porque querías cambiar un palito de helado que decía "vale otro".
Un menopáusico comercial.
Una figura imposible de interpretar.
Don Carlos agarraba el frasco de vidrio.
Lo apoyaba sobre el mostrador.
Te miraba fijo.
Y pronunciaba la frase protocolar.
—Abrí la mano.
Entonces uno extendía la mano como quien va a recibir una transfusión.
Y él empezaba a contar con una cuchara.
—Uno.
—Dos.
—Tres.
—Cuatro.
—Cinco.
El problema era que a partir del sexto ya no había lugar físico.
Los caramelos empezaban a formar una estructura inestable que desafiaba todas las leyes de la ingeniería.
Y todavía tenías que llevar:
el pan,
los puchos,
la salsa,
la harina,
el azúcar,
y quién sabe cuántas cosas más.
Todo dentro de esas bolsas de plástico de vieja.
Las que cuando se cargaban parecían contener un motor de Falcon.
Terminabas caminando torcido.
Con un brazo desarrollado como Bud Spencer.
Y el otro como Chirolita.
Pero con los caramelos intactos.
Porque había prioridades.
—¡Andá rápido que ya va a cerrar!
En fin...
O mejor dicho...
En principio.
Porque lo difícil no era comprar.
Lo difícil era llegar.
Una vez que salías de tu casa empezaba la verdadera aventura.
Llegar al almacén implicaba atravesar territorio hostil.
Primero estaban los perros callejeros.
No todos.
Siempre había uno o dos que te odiaban por motivos que jamás llegabas a entender.
Nunca los vi ladrarle a un adulto.
Nunca.
Solamente perseguían chicos.
Como si hubieran hecho una promesa personal de combatir la infancia.
El punto es que te veían aparecer a media cuadra y ya arrancaban a ladrar como si les debieras plata.
Después la vieja de la esquina.
Bruja.
Esa mujer llevaba cuarenta años vigilando la cuadra como un francotirador jubilado.
Te observaba pasar detrás de las cortinas y le tiraba agua hirviendo a las hormigas que osaban acercarse a su vereda.
También estaba la Traffic blanca que secuestraba chicos.
Nadie conocía una víctima.
Nadie conocía al conductor.
Pero todos sabíamos que existía.
Y por supuesto estaban las gitanas.
Vos no sabías exactamente qué hacían.
Pero estabas seguro de que nada legal.
Y mucho menos higiénico con esas polleras gigantes.
Comunidades enteras podían vivir ahí abajo.
Si se asociaban con los de la Traffic hubieran dominado el país.
Después de atravesar todos esos peligros llegabas finalmente al almacén.
Y arrancabas con la frase obligatoria:
—Hola Don Carlos, me mandó mi mamá a comprar...
Nunca entendí por qué todos decíamos eso.
Era como el "buenos días señorita Mabel" de la escuela.
Una formalidad ancestral.
Comprabas todo.
Pagabas.
Recibías el vuelto.
Y volvías a casa.
O por lo menos eso intentabas.
Porque había un enemigo mucho más peligroso que la Traffic blanca.
El pan caliente.
El pan caliente no llega entero a destino.
Nunca.
A los veinte metros desaparecía el primer miñón.
Después otro.
Después aparecía la técnica ancestral del agujerito.
Sacabas la miga.
Comías solamente lo importante.
Y dejabas la corteza como evidencia.
Cuando te dabas cuenta habías vaciado medio kilo de pan.
Entonces intentabas reorganizar la escena del crimen.
Acomodabas los panes destruidos abajo de todo.
Con la esperanza de que nadie lo notara.
Spoiler.
Siempre lo notaban.
Finalmente llegabas a tu casa para rendir cuentas.
Y ahí descubrías que algo había salido mal.
Los cigarrillos no eran los correctos.
La salsa tampoco.
Tus hermanos habían detectado la existencia de caramelos.
Y se armaba un conflicto diplomático internacional porque no querías compartir.
Y ni hace falta mencionar la incontable cantidad de veces que volvías con todo...
menos con el pan.
Porque te lo habías olvidado arriba del mostrador.
Entonces tenías que volver.
Humillado.
Derrotado.
Y cuando volvías a buscar el pan que te habías olvidado arriba del mostrador, Don Carlos ni siquiera preguntaba.
Y el pan.
Tu pan.
Ya lo tenía preparado.
Apoyado al costado de la balanza.
Como quien guarda las llaves de un jubilado que se las olvida todos los días.
Te lo entregaba sin decir una palabra.
Con esa sonrisa mínima escondida debajo del bigote de actor porno de los setenta.
Porque Don Carlos sabía cosas que vos todavía no.
Que por más que crecieras, había cosas que no iban a cambiar.
Te ibas a seguir olvidando los encargos.
Ibas a seguir haciendo cuentas imposibles para comprar caramelos.
Y, sobre todo...
Ibas a seguir siendo igual de pelotudo.

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