El Ragnar de Rincón

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Hace no mucho tiempo, un sábado por la noche se desató una fuerte tormenta en Rincón. Mucha lluvia y un viento que parecía que nos iba a arrancar el techo y depositarlo en Paraná.

Un poco inquieto con la situación me levanté de la cama y vi que había entrado algo de agua por debajo de la puerta de la cocina. Le crucé un par de trapos, hice una inspección ocular digna de Defensa Civil y confirmé que el resto de la casa seguía seco.

Misión cumplida.

Volví a dormir tranquilo.

El domingo a la mañana nos despertamos con Analía y con la Gorda atravesada en el medio de la cama, ocupando aproximadamente el setenta por ciento de la superficie disponible. Nos levantamos, ellas se fueron al comedor y yo fui al baño a cumplir con los compromisos biológicos de rigor.

Mientras estaba ahí, embocando el chorrito con una precisión que no siempre acompaña a esa hora de la mañana, escuché un grito:

—¡¡AAAAAAAHHHHHHHH!! ¡¡MARIIIIII!! ¡¡SE METIÓ UNA LECHUZAAAAA!!

Del susto tuve que abortar el ritual matutino, limpiar lo que había pifiado por el salto e ir a ver qué estaba pasando.

Llegué a la cocina y ahí la vi. Parada arriba de un roperito. Inmóvil. Mirándome fijo. Como Don Barriga esperando para cobrar la renta.

Me acordé de haber escuchado que esos bichos tienen garras importantes y que, si se enojan, te pueden arruinar la cara en dos segundos. Así que mandé a Analía y a la Gorda para la pieza y fui a buscar un palo.

Abrí la puerta del frente, las ventanas y me acerqué despacito.

La lechuza ni se movió, Simplemente empezó a abrir y cerrar el pico.

CHAK.CHAK.CHAK.CHAK.

—Hija de puta... me va a sacar un ojo.

La toqué con el palo.

Error.

La condenada despegó como un F-16 y salió volando por toda la casa. Atravesó el comedor, pasó por la cocina y encaró directamente hacia donde estaban las chicas, que para ese momento ya querían salir a ver qué estaba pasando.

Tuve que encerrarlas por la fuerza. Era una situación peligrosa. O por lo menos yo estaba convencido de que lo era.

Mientras tanto, yo corría a la lechuza por toda la casa con un palo en la mano y la dignidad abandonándome paso a paso.

Hasta que en un momento encontró una ventana abierta, enfiló perfecto y desapareció.

Liberé a las prisioneras de guerra. Revisamos los daños.

El hogar estaba lleno de ramitas. Por lo visto la tormenta había destruido algún nido y la pobre desgraciada había entrado por la chimenea.

Nos dio lástima, se la veía asustada, desorientada, vulnerable.

El lunes arrancamos temprano para ir a trabajar y nos vinimos para Santa Fe como cualquier día normal. A media mañana me llamaron del monitoreo de la alarma.

—Señor, se activó el sensor de movimiento del living.

Les pedí que mandaran una patrulla a revisar y no me preocupé demasiado. La alarma a veces se disparaba sola, algún insecto, una falla, el fantasma de Benito, qué sé yo. Incluso pensé que capaz había vuelto la lechuza, pero como no se activó ningún otro sensor me quedé tranquilo. Grave error.

A las cuatro de la tarde volvieron a llamarme.

—Señor, ahora tenemos movimiento en el living y en el comedor. Ya enviamos un móvil.

Ahí ya no parecía una falla. Parecía que alguien estaba recorriendo la casa, o me estaban desvalijando o estaba Charly Garcia yendo de la cama al living.

Agarré el auto y salí para Rincón.

Después de una hora de viaje entre desvíos, obras y puteadas llegué a casa. Atrás mío apareció el patrullero. Me identifiqué como propietario e hice pasar a los oficiales Núñez y Tolosa.

Apenas abrí la puerta la vi.

Ahí estaba.

En el fondo del pasillo.

Exactamente en el mismo lugar donde la había visto el día anterior.

Como si nunca se hubiera ido.

Como si hubiese salido a desayunar y hubiera vuelto.

Me miraba fijo.

Esperándome.

Y apenas puse un pie adentro arrancó nuevamente:

CHAK.CHAK.CHAK.CHAK.

Ni hola. Ni buen día.Directamente amenazas.

—¿Usted sabe algo de aves? —pregunté.

—No.

—¿Y usted?

—No.

—Perfecto.

Tolosa acomodó la gorra y dijo:

—Entonces estamos empatados.

Le pedí ayuda para sacarla.

Núñez me explicó que era alérgico a las aves y se refugió inmediatamente dentro de la camioneta.

Tolosa, que era de la zona, me confesó que les tenía bastante miedo a las lechuzas.

Así que quedamos los dos.

El dueño de casa y un policía aterrado.

Los únicos responsables de la seguridad pública.

Yo agarré un escobillón.

Y por si las dudas me armé un escudo con una almohada.

Tolosa observó la almohada.

Después me observó a mí.

Después volvió a mirar la almohada.

—¿Tiene otra?

—Sí.

—Bueno.

Porque la policía te prepara para muchas cosas. Pero para combatir aves medievales no.

Así que ahí estábamos. Escudados. Armados. Listos para la batalla. O por lo menos para sobrevivirla.

La lechuza desató toda su furia. Pasaba volando pegada al cielo raso sobre nuestras cabezas mientras nosotros tratábamos de empujarla hacia una puerta o una ventana.

Y para peor había desarrollado una táctica militar brillante.

Cada vez que alguno lograba tocarla con un palo, cagaba.

No sé si del miedo, o como método de defensa. Pero funcionaba.

Sobrevolaba la zona. Identificaba objetivos. Y bombardeaba.

Una estratega.

Desde el móvil, Núñez observaba todo.

A salvo.

Con el aire acondicionado prendido.

Cada tanto encendía la sirena para levantarnos la moral.

O para despedirse. Nunca quedó claro.

Tolosa estaba tirado en el piso gritando que la tenía en la cabeza.

Yo, en cambio, ya me sentía Ragnar Lodbrok.

La diferencia era que él tenía un hacha legendaria.

Yo un escobillón marca Virulana.

La batalla duró varios minutos.

Hasta que finalmente logré acertarle un palazo que la obligó a perder altura y encontró una ventana abierta por donde escapar.

Cerramos todo. Ventanas. Puertas. Posibilidades.

Le agradecí a los oficiales por su colaboración y antes de irse me pidieron una contribución para la brigada. Nunca entendí bien cuál brigada, pero después de semejante combate tampoco estaba en condiciones de hacer preguntas.

Cuando entré a la casa vi el desastre.

Mierda en pisos.

Mierda en paredes.

Mierda en muebles.

La concha de tu madre, lechuza de mierda.

Hay lugares donde todavía tengo que pintar porque quedaron manchados.

Después de limpiar todo me subí al techo y puse un tejido en el hogar para que no volviera a entrar jamás.

A veces todavía la escucho pasar por las noches.

Y juro que me desafía.

—Dale cagón... salí.

Pero yo aprendí algo de aquella batalla.

Los héroes mueren.

Los cobardes envejecen.

Y las almohadas existen por una razón.

 


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