El tesoro del fondo
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Hay algo que se está perdiendo de a poco.
No sé si por falta de espacio, por culpa de los departamentos o porque cada vez tenemos menos paciencia para acumular porquerías. Pero los que crecimos en casas con patio sabemos perfectamente de qué hablo.
El cuartito del fondo.
Ese lugar misterioso que podía estar atrás del lavadero, pegado al gallinero, escondido en una terraza o construido en un rincón donde claramente nadie sabía qué hacer.
En teoría era un depósito. En la práctica era una dimensión paralela, un ecosistema propio, una mezcla de museo, cementerio, ferretería, archivo histórico y basural emocional.
Todo terminaba ahí: las cosas rotas, las cosas viejas, las cosas que todavía servían y, sobre todo, las cosas que no servían para nada pero se guardaban "por las dudas". Porque si algo sostenía la economía del cuartito era el "por las dudas".
—Guardalo por las dudas.
Por las dudas de qué. Nadie lo sabía.
Pero ahí iba. Y así pasaban los años.
Una silla sin patas.
Tres metros de manguera.
Una puerta.
Dos cajones vacíos.
Siete cajas llenas de cables de aparatos que ya no existían.
Y por encima de todo eso, enterrado bajo mantas, bicicletas y cajas de procedencia dudosa, descansaba el verdadero monarca del lugar: el arbolito de Navidad, amo y señor de los objetos que trabajan un mes al año.
A su lado, como una reina caída en desgracia, aparecía siempre una maraña de luces navideñas imposibles de desenredar. Todos los años las guardábamos prolijamente y todos los años volvían a aparecer hechas un nudo imposible.
Y ni hablar de los repuestos.
Porque toda familia tenía algún integrante convencido de que algún día iba a desarmar un lavarropas viejo para sacarle una pieza. No importaba que el lavarropas llevara quince años oxidándose bajo una lona.
La plaqueta todavía podía servir.
El motor todavía podía servir.
El tambor todavía podía servir.
Todo podía servir.
Menos el lavarropas.
La realidad es que los cuartitos del fondo funcionaban gracias a un delicado equilibrio natural. En todas las familias había uno que guardaba y otro que tiraba. Era homeostasis. Era la naturaleza encontrando su balance.
El problema aparecía cuando se juntaban dos que guardaban. Porque ahí se potenciaban.
—Guardalo.
—Sí, por las dudas.
—Y esto también.
—También.
—¿Y aquello?
—Más vale.
Los cuartitos podían tener cualquier tamaño y, curiosamente, siempre estaban llenos. No importaba si medían dos metros por dos o si parecían un hangar de la Fuerza Aérea. Era una cuestión de tiempo hasta que estuvieran ocupados en su totalidad.
Lo curioso era que cada integrante de la familia veía el cuartito de manera diferente.
Los abuelos veían recuerdos.
Los padres veían cosas que algún día iban a arreglar.
Los hijos que ya se habían mudado veían oportunidades de robo legal.
—¿Y esta mesa?
—Llevala.
—¿Y este velador?
—Llevalo.
—¿Y este taladro?
—Llevalo también.
Los adolescentes soñaban con vaciarlo para hacerse una pieza propia. Aunque todos sabíamos perfectamente para qué querían privacidad.
Y los más chicos...
Bueno.
Los más chicos encontrábamos un tesoro.
Porque para un nene un frasco lleno de tornillos puede ser más divertido que un juguete nuevo.
Una caja con herramientas era una aventura.
Un martillo era una espada.
Una escoba era una espada.
Un caño era una espada.
El noventa por ciento de los objetos podía transformarse en una espada o servir para fabricar una.
Y cualquier objeto desconocido se transformaba automáticamente en algo importante.
Por eso siempre era lindo entrar. Incluso cuando ibas obligado. Incluso cuando no encontrabas lo que buscabas.
Porque entrar al cuartito era como abrir una cápsula del tiempo. O una heladera, cuando estabas aburrido. Sabías perfectamente que nada había cambiado desde la última vez, pero igual abrías para ver qué había.
Lo mejor era que cada tanto se producía un fenómeno extraordinario.
La alineación de los planetas.
Un eclipse.
El paso del cometa Halley.
O algo todavía más improbable. Alguien compraba una heladera nueva.
Y entonces aparecía la frase.
—Hay que ordenar el cuartito.
Se hacía un silencio.
Porque todos sabían que eso nunca terminaba bien.
—No entra.
—Sí entra.
—No entra.
—Sacamos la bicicleta.
—¿Cuál?
—La que no tiene ruedas.
—No.
—¿Por qué?
—Porque algún día la voy a arreglar.
—Hace veinte años que la vas a arreglar.
—Bueno, pero ahora no.
Y así comenzaba una partida de Tetris jugada por gente que claramente no tenía condiciones para el Tetris.
Lo mejor venía después, porque ordenar el cuartito significaba desenterrar objetos. Y cuando un objeto reaparecía volvía automáticamente a la vida.
—¿Te acordás de esto?
—¡Nooo!
—Pensé que lo habían tirado.
—Mirá lo que encontré.
Entonces el objeto recuperaba ciudadanía. Volvía a la casa, todos lo miraban, todos contaban una anécdota y todos recordaban algo.
Y durante una o dos semanas deambulaba por distintos ambientes molestando gente.
Hasta que alguien preguntaba:
—¿Y esto dónde lo ponemos?
Y el pobre desgraciado terminaba deportado nuevamente al cuartito. Como si hubiera salido con libertad condicional.
Lo cierto es que el cuartito tenía una característica única.
Era probablemente el único lugar del planeta donde podían convivir objetos que jamás deberían haberse cruzado.
Una bicicleta.
Un pesebre.
Una motosierra.
Una máquina de coser.
Un matafuegos vencido.
Una revista Playboy de 1987.
Y una licuadora sin tapa.
Todos compartiendo el mismo metro cuadrado.
Imaginate un autito de carreras de 1989 apoyado contra el consolador de la abuela.
Los dos en silencio.
Mirándose de reojo.
Pensando exactamente lo mismo.
"Qué raro terminó siendo todo."
Curiosamente ese objeto de la abuela era el único que siempre aparecía limpio.
Nadie preguntaba demasiado.
Porque hay puertas que es mejor dejar cerradas.
Con el tiempo empecé a sospechar algo.
Después de convivir veinte años encerrados juntos, esos objetos debían desarrollar una vida social propia.
Estoy convencido de que hablaban.
Que tenían reuniones.
Que comentaban cosas.
Que se conocían mejor entre ellos que nosotros mismos.
Cada vez que alguien abría la puerta me los imagino reaccionando.
—Y como te decía, el minimalismo nos está arruinando el mercado.
—Shhh... ahí vienen.
—¿Qué buscan ahora?
—Ni idea.
—Capaz al Rey.
—¿Qué Rey?
—El árbol.
—No, falta mucho para diciembre.
—¿No será el ventilador?
—¿El ventilador?
—Sí.
—Pobre tipo.
Y cuando finalmente aparecía:
—Mirá.
—Se lo llevan.
—No puede ser.
—Otra vez.
—Es el tercer boludo que se lleva ese ventilador.
—¿Y sigue sin andar?
—Sigue sin andar.
—Qué optimistas son los humanos.
Porque esa era otra.
El cuartito justificaba su existencia una vez cada diez años.
Alguien aparecía diciendo:
—Necesito un pedazo de manguera verde de setenta centímetros.
Y toda la familia giraba automáticamente la cabeza.
Porque si existía en algún punto del universo...
Estaba ahí.
Veinte minutos después salía alguien cubierto de tierra, polvo, telarañas y olor a humedad.
—Encontré una de sesenta y cinco y una de ochenta.
—Traé la de sesenta y cinco.
—¿Y la otra?
—Guardala, bobo.
Y así el ciclo volvía a empezar.
Porque esa era la verdadera magia del cuartito. Como en Hotel California, nada se iba realmente.
Todo volvía.
Los objetos.
Los recuerdos.
Las historias.
Incluso nosotros.
Y después de tantos años creo que entendí algo.
Los adultos iban al cuartito para guardar cosas.
Los chicos íbamos a buscar aventuras.
Por eso todavía hoy, cada vez que entro a uno de esos depósitos llenos de porquerías acumuladas, me pasa exactamente lo mismo que cuando tenía diez años.
Porque al final el verdadero tesoro nunca estuvo en las cosas.
Estaba en todo lo que esas cosas se negaron a dejarnos olvidar.
Aunque, siendo sincero...
Cada tanto también miro para ver si lo de la abuela sigue limpio.

Que real que describiste todo!!. Sos un gran observador y un fascinante escritor. Me reí muchísimo!!!
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