Primer Acto

 


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“Nos ponemos de pie para recibir a la bandera”.

Esa frase daba inicio a uno de los eventos más importantes de la vida escolar argentina: el acto escolar.

Una mezcla rara entre patriotismo, teatro independiente, sufrimiento infantil y padres peleándose por conseguir una vincha de cartulina un martes a las once de la noche.

Un acto escolar no empezaba cuando ingresaba la bandera, sino semanas antes, cuando las maestras le informaban al grado que iban a tener que hacer el acto por tal fecha, en conmemoración de algún evento histórico que ningún chico entendía realmente qué carajo era. Vos tenías siete años, estabas disfrazado de vendedor ambulante de 1810 y no entendías qué era el Cabildo, quién era Cisneros, ni por qué tu vieja te había pintado un bigote con corcho quemado. Pero igual se le ponían todas las ganas a hacer lo que la señorita decía.

En los actos podías participar de distintas formas.

1. Los abanderados 

Los más ñoños de la escuela. Ese día aparecían con el pelo peinado con una prolijidad que no tenían ni para la comunión y procuraban llevar las zapatillas limpias, aunque sea hasta el primer recreo. Caminaban distinto. Sentían que estaban entrando a Gran Hermano y al Vaticano al mismo tiempo.

2. Los que leen

Lugar reservado para los que mejor sabían leer, así las maestras podían lucirse un poco. Leían lento… demasiado lento… como si estuvieran anunciando el apocalipsis. “Hoy… nos… reunimos… para… recordar…”. Dale Lautaro, no se entiende si es una frase o un derrame cerebral.

3. Los que siempre querían el rol principal

Muchos querían ser San Martín solamente para usar ese sombrero espectacular y tener más diálogos en el acto. Acá generalmente caían los más extrovertidos o, al menos, los que mejor hablaban. Casi siempre era algún enano delincuente de esos que durante el año tiraban tizas, rompían reglas y vivían en la dirección… pero mágicamente eran los únicos capaces de memorizar tres páginas de diálogo sin cagarse encima.

4. Los actores de reparto

Si no bailabas y había guerra… todos querían ser parte del ejército. Que te den un disfraz y reventarte a espadazos todo el acto era un lugar muy codiciado. El problema era que nadie quería perder. Entonces terminaban todas las guerras patrias con catorce muertos reviviendo para seguir cagándose a escobazos en el piso del salón de actos.

Y si no había guerra, te tocaba algún oficio: vendedor de velas, aguatero, pastelero, lustrabotas…

5. Los que bailaban

Acá caía casi todo el curso. Te enseñaban unos pasitos, metías la coreografía como podías y listo, todos contentos. Aunque siempre estaba:

el que no quería tocar a nadie,

el que bailaba como si estuviera en un casamiento gitano,

y el pobre tipo que tenía pánico escénico y quería desaparecer de la faz de la tierra.

Porque para algunos chicos bailar con una compañera a esa edad era un intercambio cuasi pornográfico.

6. Los que salían de árbol, nube o cualquier cosa muda

Ahí iban los más tímidos de todos. No hablaban. No bailaban. No hacían nada. Pero al menos no pasaban vergüenza. Eso sí, demandaba una preparación física tremenda:

treinta minutos con los brazos levantados sosteniendo ramas de cartulina… terminabas con los hombros detonados como si hubieras trabajado en una obra.

 

Los ensayos previos eran la excusa perfecta para perder horas de clase.

Los más sociables aprovechaban para vincularse de otra manera con las maestras y los compañeros, mientras que para los más callados eran horas de agonía por tener que interactuar a la fuerza. Incluso darle la mano a una compañera ya se sentía como algo prohibido.

Los chicos felices porque no había clases normales… pero las maestras estaban al borde del ACV porque nadie entendía qué tenía que hacer.

“¡¡NO ES TAN DIFÍCIL, CHICOS!!” se escuchaba varias veces en las extensas prácticas.

Las jornadas de ensayo eran una mezcla entre: enseñanzas,  corridas,  amenazas,  pedir el radiograbador a la dirección,  rebobinar el cassette con una birome,  acomodar disfraces,  y rogar terminar antes de que empiece el recreo.

Después de muchos ensayos llegaba finalmente el gran día del acto.

Y ahí aparecía una de las diferencias sociales más fuertes de la infancia: los disfraces.

Estaba el que alquilaba el traje en una casa teatral y parecía extra de Hollywood… y después estaba el otro, que tenía un mantel arriba sujetado con broches de ropa. Ni hablar del pobre croto que iba con la cara pintada de corcho quemado, al borde de una intoxicación química, y encima con poca ropa en pleno invierno para representar “la época colonial”, re cagado de frío y a punto de cagarse encima.

Te encontrabas con árboles frondosos y árboles tristes. Ambos muy musculosos ya después de tantas horas ensayando.

Con próceres espectaculares y otros que parecían empleados de peña folklórica. Pero los que realmente sufrían eran los padres cuando llegaba la famosa notita de la escuela: “Juancito debe venir disfrazado de agua”... ¿Cómo mierda disfrazás a un chico de agua, Susana? Y encima todo avisado dos días antes.

Había que improvisar con lo que hubiera en la casa: cartulina, bolsas de basura, papel crepé,

plasticola, cinta scotch, fe, esperanza y un vino.

Hoy con los grupos de WhatsApp es más fácil. Pero antes llegaba el acto y nadie tenía idea de cómo iba vestido el resto. Ni la cadena telefónica podía salvar semejante improvisación.

Los momentos previos al acto eran completamente caóticos. El aula convertida en camarín.

Cuarenta chicos corriendo. Madres transpirando. Una gritándole al fondo:

“¡¡NO LE SAQUEN EL SOMBRERO A SAN MARTÍN!!”

Vinchas con plumas hechas con cartulina. Últimos ensayos. Maquillaje barato. Olor a plasticola.

Nervios y maestras caminando rápido como asistentes de producción de Netflix.

Pero una vez que arrancaba el acto… ya estaba todo en manos de Dios.

Y, a grandes rasgos, siempre pasaban las mismas cosas.

Padres puteando por el horario, sin importar cuál fuera.

El tipo que aparecía con una cámara gigantesca para filmar todo el acto… videos que nunca jamás vieron la luz.

Los chicos cantando el himno bien despacito para que el de al lado no los escuche desafinar y después los gaste.

El fotógrafo oficial de la escuela, parado adelante de todos con ese culo enorme que te tapaba la mitad del escenario, sacando fotos para venderles después a los padres.

Las madres llorando absolutamente por todo.

El nene decía: “¡¡Viva la patria!!” y ya había tres mujeres emocionadas secándose lágrimas.

Los hermanos mayores esperando que termine el acto para hacer bullying. Porque si bailabas con una chica… automáticamente era tu novia durante los próximos seis años.

Los nenes actuando con una seriedad digna de Broadway.

El hiperactivo que arruinaba toda la coreografía porque hacía cualquier cosa.

Las zapatillas modernas abajo del disfraz porque nadie tenía botas coloniales.

El que estaba sentado como espectador y su maestra lo cagaba a pedos doscientas veces porque no paraba de hablar.

El micrófono acoplando justo cuando hablaba la directora.

Y, por supuesto, las mismas viejas de siempre diciendo: “No se aplaude cuando sale la bandera”.

Los actos escolares eran momentos hermosos del año donde las familias descubrían que existían otros compañeros del curso.

Porque vos ibas a la escuela con treinta chicos, pero tus viejos solamente conocían: a tu mejor amigo, al quilombero, y al abanderado.  El resto aparecía de golpe vestido de nube o de negrito candombero y tu vieja preguntaba “¿Y este quién es?”.

He participado de muchos actos cuando era chico.

He leído.

He bailado con la más linda y con la más fea.

Me he disfrazado de distintos personajes.

Pero jamás… jamás… JAMÁS fui San Martín.

Ahí entendí que nunca iba a llegar muy lejos en la vida.

Y para peor estoy convencido de que los que salían de árbol o de nube hoy son:

  • millonarios,
  • asesinos seriales,
  • o líderes de Recursos Humanos.

 

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