Ricardito y las mentiras de los grandes

 


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Ricardito tenía siete años, el corazón de un aventurero y la credulidad de una esponja.

Todo lo que le decían sus padres lo tomaba como ley universal, y todo lo que le decía su hermano mayor, como profecía.

Vivía en un barrio de esos donde los perros se conocen entre ellos, los vecinos saben cuándo te cambia la voz y la plaza es más importante que la escuela.

Esa mañana se había despertado sobresaltado y con una sensación muy extraña. Había soñado que se le estaban enredando raíces en la panza.

Claro.

La noche anterior se había tragado una semilla de mandarina mientras comían el postre en la casa del abuelo, y su hermano le había explicado, con absoluta seriedad, que ahora le iba a crecer un árbol adentro.

Y que si no lo regaba, el árbol se enojaba.

Así que ahí estaba Ricardito, a las ocho de la mañana, parado frente al espejo del baño con sus calzoncillos de Pikachu, una regadera de plástico apuntando al ombligo y una expresión de extrema concentración.

Iba tirando chorritos de agua de a poco para no ahogar la planta.

Incluso le cantaba bajito… Naranjo en Flor.

No porque supiera de jardinería, sino porque había escuchado que a las plantas les gusta la música.

Y si uno va a cultivar una mandarina en el abdomen, lo mínimo es acompañar el proceso.

—¡¿Qué hacés, nene?! —gritó su madre al pasar.

Ricardito pegó un salto.

—Estoy regando...

—¡No te mojes que después el agua se mete en los pulmones por el ombligo!

Ricardito gritó al estilo Mi Pobre Angelito, tiró la regadera al piso y corrió a secarse con la toalla como si estuviera apagando un incendio.

Se secó los brazos.

Las piernas.

La panza.

Y por las dudas se pasó el secador de pelo por la trampa de Pikachu, no vaya a ser que se le enferme también.

Después del desayuno, que terminó a las corridas porque le habían explicado que si comía demasiado lento se le endurecía el cerebro, salió a jugar a la vereda.

Avanzaba con extremo cuidado.

Evitando cada una de las líneas entre baldosas.

Era una recomendación de su vecina Elda.

Una jubilada que hablaba con los malvones, les ponía nombres a las petunias y aseguraba conocer personalmente a varios duendes.

—Ya me pasó —le había confiado una tarde mientras revolvía un mate cocido con cantidades industriales de azúcar—. Pisé una línea y a la semana me salió una verruga en el codo.

—¿Por qué?

—Los duendes del subsuelo son vengativos.

Era una explicación difícil de discutir.

Así que Ricardito caminaba por el barrio como si estuviera desactivando minas antipersonales.

En la plaza lo esperaban Fede y Luchi.

Se pusieron a jugar a la escondida.

Pero Ricardito estaba inquieto.

Miraba el reloj de la plaza.

Miraba el sol.

Miraba los árboles.

Y volvía a mirar el reloj.

Tenía un problema urgente.

Su madre siempre le decía:

—Si no hacés pis antes del mediodía, se te infla todo adentro y después... ¡Cataplum!

Del verbo cataplumear.

Ricardito nunca entendió exactamente qué era un Cataplum.

Pero se imaginaba algo parecido a una explosión.

Ambulancias.

Vecinos reunidos alrededor de un cráter.

Periodistas transmitiendo en vivo.

Rumores recorriendo el barrio.

—Parece que estaba robando alfajores.

—No, dicen que lo chocó un patrullero.

Y abajo, en la pantalla del noticiero:

"TRAGEDIA EN BARRIO SUR: NO HIZO PIS, HIZO CATAPLUM."

De tanto pensarlo terminó meándose encima.

Volvió corriendo a su casa.

Se cambió el Pikachu por uno limpio.

Y de paso aprovechó para revisar cómo venía creciendo el mandarino.

Era la hora del almuerzo.

Su padre le sirvió arroz con cosas.

Y antes de empezar lanzó una advertencia.

—Que no quede ni una arveja en el plato.

—¿Por?

—Porque por cada arveja que dejás se muere un nene en China.

Ricardito dejó de masticar.

—¿Cómo sabés eso?

—Lo dijo la ONU.

Su padre ni siquiera levantó la vista del diario.

Y eso le dio todavía más credibilidad.

Ricardito no tenía idea de qué era la ONU.

Pero sonaba importante.

Sonaba a gente que sabía cosas.

Así que se comió todas las arvejas.

Todas menos una.

Una cayó al piso.

La levantó.

La sopló.

Y se la guardó en el bolsillo.

Más tarde la enterraría en la plaza.

Por si todavía estaba a tiempo de revivir al nene chino que acababa de asesinar accidentalmente.

Pensando que nadie lo veía, aprovechó para hacerle una mueca a su padre.

Una cara de bobo importante.

Pero lo engancharon.

—¡Pará de hacer esas caras! ¡Mirá si te asustan y te quedás así para siempre!

Ricardito volvió inmediatamente a la posición neutral.

Así que ahora cada vez que se le movía un músculo de la cara, Ricardito miraba por las dudas a los costados, temiendo una emboscada de susto que lo dejara petrificado con expresión de nene mongui haciendo caca dura.

Después de comer le agarró una angustia inexplicable.

Se encerró en su cuarto y se quedó mirando el techo.

La verdad era que no resultaba fácil ser Ricardito.

A sus siete años ya había aprendido que el mundo estaba lleno de peligros invisibles.

Los chicles podían quedarse pegados siete años en la panza.

Los sapos transmitían verrugas.

Sentarse demasiado cerca del televisor podía deformarte los ojos para siempre.

Cruzarlos era todavía peor.

Abrir muchas veces la heladera podía hacer que se escapara el frío.

Y prender la luz de adentro del auto era prácticamente un delito federal e inmediatamente la policía acudía a cubrir el caso.

Nunca había entendido qué ley estabas violando exactamente.

Pero por la reacción de los adultos parecía que la pena mínima era cadena perpetua.

A veces sospechaba que le estaban ocultando información.

Porque cada semana aparecía una regla nueva.

No correr después de comer.

No nadar después de comer.

No pensar después de comer.

Prácticamente después de comer no se podía hacer nada.

Y sin embargo nadie parecía alarmado.

Los adultos caminaban por la vida como si no estuvieran rodeados de amenazas permanentes.

Como si el universo no estuviera sostenido por una colección absurda de normas secretas.

Aunque, siendo sincero, había una persona que parecía saber más que el resto.

Lucas.

El nieto de Don Ernesto.

Un nene que aparecía en el barrio apenas dos o tres veces por año y que tenía una habilidad extraordinaria.

Sabía más que cualquiera.

O al menos eso decía.

Si te habías caído de una bicicleta, él se había caído de diez.

Si te habían puesto tres puntos, a él quince.

Si te habías tragado una moneda, él una vez se había tragado un autito entero.

Y si alguien contaba algo interesante, Lucas inmediatamente contaba una versión exactamente igual pero mucho más impresionante.

Era insoportable.

Los chicos sospechaban que su verdadero superpoder era la mala onda.

Y lo peor era que nunca podían demostrar que mentía.

Porque hablaba con una seguridad aterradora.

Capaz por eso Ricardito vivía confundido.

Entre lo que le decían los adultos, lo que inventaba su hermano y las historias de Lucas, ya no estaba seguro de cómo funcionaba el mundo.

Miró el techo.

Suspiró.

Y sintió un escalofrío.

¿Y si todo era verdad?

¿Y si cada cosa mínima que hacía tenía repercusiones cósmicas?

¿Y si él, Ricardito, era el encargado involuntario de mantener el equilibrio del universo?

¿Y si algún nene chino acababa de morir por culpa de una arveja?

¿Y si además la Interpol ya estaba investigándolo por tráfico internacional de legumbres y homicidios múltiples?

Y lo peor de todo...

¿Y si encima todavía tenía que acordarse de regar el árbol?

 

 

 

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