Nuevo de nuevo
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Hay una sensación que uno vive muchas veces en la vida.
La de ser nuevo.
Nuevo en la escuela.
Nuevo en el grado.
Nuevo en la secundaria.
Nuevo en la facultad.
Nuevo en el trabajo.
Nuevo en un grupo de amigos.
Nuevo en el club.
Nuevo en cualquier lugar donde todos parecen saber perfectamente qué están
haciendo menos vos.
Y aunque cambien los años, las edades y los escenarios, la sensación siempre es bastante parecida.
Uno llega tratando de parecer normal mientras por dentro está completamente perdido.
El primer gran episodio de esa sensación suele ser el primer día de clases en la escuela primaria.
El jardín no cuenta, a la seño básicamente le decís mamá más veces que seño.
Pero de ese primer día de clases, no importa cuántos años hayan pasado.
Todos recuerdan algo.
El guardapolvo impecable.
La mochila nueva.
Los útiles que duraban exactamente tres días antes de desaparecer
misteriosamente.
Y esa mezcla rara entre miedo y curiosidad.
Porque uno llegaba a la escuela sin entender muy bien qué iba a pasar ni qué tenía que hacer.
Los adultos parecían emocionados.
Las maestras sonreían.
Las madres sacaban fotos.
Y uno pensaba:
—Bueno... pero ¿cuándo me puedo ir?
Lo más difícil no eran las clases.
Ni aprender a leer.
Ni sumar.
Lo más difícil era conseguir un amigo.
Porque durante los primeros minutos uno era una especie de náufrago social.
Hasta que aparecía otro chico igual de perdido.
Y se producía una de las conversaciones más eficientes de la historia de la humanidad.
—¿Cómo te llamás?
—Pablo.
—¿Querés ser mi amigo?
—Dale.
Listo.
Amistad sellada.
Sin formularios.
Sin entrevistas.
Sin LinkedIn.
Sin psicotécnico.
A los siete años uno resolvía vínculos humanos con una eficacia que jamás volvería a alcanzar.
Después la primaria avanzaba.
Y uno empezaba a sentirse parte del ecosistema.
Ya conocía las reglas.
Ya sabía dónde estaban los baños.
Qué kiosquera era buena.
Qué maestra era brava.
Y creía haber entendido cómo funcionaba el mundo.
Error.
Porque siempre aparecía algo nuevo.
A veces era un compañero que llegaba desde otra escuela.
A veces un repetidor.
Y el repetidor siempre parecía tener treinta años.
Podía tener apenas un año más que vos.
Pero hablaba como si hubiera sobrevivido a tres guerras.
Según él la policía lo buscaba.
Había escapado de su casa.
Conocía gente peligrosa.
Y una vez había peleado contra seis tipos al mismo tiempo.
Después descubrías que la historia verdadera era que se había llevado Geografía a marzo.
Pero durante algunos meses se convertía en la persona más temida del curso.
Y también empezaban los primeros enamoramientos.
Esos amores infantiles donde uno no sabía muy bien qué hacer.
Entonces la estrategia romántica consistía en mirar a la chica desde lejos durante seis meses.
Y después sufrir.
Después llegaba séptimo grado.
Y ahí ocurría algo maravilloso.
Por primera vez eras el más grande.
El rey de la escuela.
El dueño del territorio.
Mirabas a los chicos de primero y te parecían criaturas diminutas.
Casi decorativas.
Insectos.
Caminabas por los pasillos con una confianza completamente injustificada.
Como si estuvieras administrando una multinacional.
Cuando en realidad todavía necesitabas permiso para ir al baño.
Pero esa sensación duraba poco.
Porque al año siguiente llegaba la secundaria.
Y de golpe volvías a ser el más chico.
Otra vez nuevo.
Otra vez perdido.
Otra vez tratando de entender las reglas.
La secundaria parecía inmensa.
Tenías más materias de las que sabías contar.
Profesores distintos.
Aulas distintas.
Horarios distintos.
Y compañeros que venían de todos lados.
El primer día uno no prestaba atención a ninguna explicación.
Estaba ocupado resolviendo cuestiones mucho más importantes.
Dónde sentarse.
Con quién sentarse.
Y qué hacer para no parecer un idiota.
Porque el lugar donde te sentabas el primer día podía definir buena parte de los años siguientes.
Te sentabas con el estudioso.
Y terminabas estudiando.
Te sentabas con el quilombero.
Y terminabas con diez amonestaciones.
Te sentabas con el guitarrero.
Y de pronto estabas aprendiendo los mismos cuatro acordes que todos aprendían a los quince años.
Acá ya no valía la frase:
—¿Querés ser mi amigo?
Eso te podía condenar hasta el día que te mueras.
Había que ser más bicho para alcanzar ese nivel de amistad.
Y además estaba el problema de la carpeta.
Porque en primaria podías llevar una carpeta con un auto de carreras.
Un dinosaurio.
Un águila.
Un Power Ranger.
Lo que fuera.
Pero en secundaria no.
Ahí todo podía convertirse en motivo de bullying.
Si aparecías con una carpeta de colores eras boleta.
Si tenía dibujos eras boleta.
Si tenía brillantina directamente te cambiaban de colegio.
Por eso todos terminábamos usando carpetas lisas.
Negras.
Azules.
Grises.
Diseñadas por el mismo equipo que fabricaba ataúdes.
Los profesores intentaban explicar cosas complejas.
Trigonometría.
Funciones.
Logaritmos.
Pero la madurez emocional del curso todavía no estaba preparada.
Bastaba que alguien dijera:
—Seno.
Y ya había diez pelotudos riéndose.
—Coseno.
Y se reían más fuerte.
Lo increíble es que nadie sabía exactamente qué era lo gracioso.
Pero sonaba sexual.
Y eso alcanzaba.
En la secundaria además aparecía otro fenómeno.
Las hormonas.
Todo el mundo estaba enamorado de alguien.
Todo el mundo estaba confundido.
Todo el mundo actuaba raro.
Y nadie sabía exactamente por qué.
Era una etapa muy compleja.
Principalmente porque había que intentar aprobar Matemática mientras el cerebro estaba ocupado detectando si se le veía la raya a alguna compañera.
Después llegaba la facultad.
Y por primera vez el problema ya no era que te controlaran demasiado.
Era exactamente el contrario.
Nadie te controlaba.
Nadie preguntaba si habías faltado.
Nadie llamaba a tus padres.
Nadie te perseguía para que estudiaras.
Y uno descubría una verdad incómoda.
La libertad era mucho más difícil de administrar de lo que parecía.
Los primeros días de facultad eran una aventura.
No entendías dónde estaban las aulas.
No entendías cómo anotarte.
No entendías qué significaban las siglas que usaban todos.
No entendías por qué el edificio tenía ocho entradas distintas.
Y tampoco entendías cómo era posible perderse tres veces seguidas en el mismo pasillo.
Por suerte siempre aparecía alguien.
Algún estudiante veterano.
Algún compañero más despierto.
Algún héroe anónimo.
Y nuevamente ocurría lo mismo que en primer grado.
Alguien te adoptaba.
Porque la vida funciona bastante gracias a esas personas.
Las que te explican dónde ir.
Qué hacer.
Y qué errores evitar.
Aunque a veces te adopta alguien medio boludo.
Y tardás varios años en darte cuenta.
La facultad además tenía sus propios depredadores.
Los del centro de estudiantes.
Estaban en todos lados.
Te interceptaban antes de entrar.
—Compañero...
Y ya arrancábamos mal.
Nadie que te diga "compañero" a las siete y media de la mañana trae buenas noticias.
Te daban volantes.
Folletos.
Revistas.
Fotocopias.
Manifiestos.
Y cuando levantabas la vista ya te habían afiliado a tres agrupaciones distintas.
Había algunos que llevaban quince años cursando.
Nadie sabía qué estudiaban.
Capaz habían entrado para Ingeniería.
Capaz para Abogacía.
Capaz ya eran profesores.
Eran una especie de fauna autóctona de la facultad.
Como las palomas.
Siempre estuvieron ahí.
Y acá encontrabas algo que quizás no habías experimentado antes.
Conocías lo que es chupar sangre y que te la chupen... a la sangre.
Porque si hay algo que uno quiere en la facultad es aprobar.
Entonces te colgás del que entiende.
Le pedís apuntes.
Resúmenes.
Explicaciones.
O te toca ser el que arrastra a los demás.
Y sin darte cuenta empezás a entrenarte para algo que vas a vivir durante toda la vida laboral.
Después llega el trabajo.
Y uno cree que ya aprendió cómo funcionan los primeros días.
Pero no.
Otra vez nuevo.
Otra vez perdido.
Otra vez tratando de encajar.
Llegás con ropa nueva.
Perfume.
Zapatos limpios.
Una actitud profesional impecable.
Y una voluntad admirable de causar buena impresión.
La primera semana saludás a todo el mundo.
La segunda ya sabés quién trabaja.
La tercera ya sabés quién no trabaja.
Y para el primer mes descubriste que el compañero del escritorio de al lado desayuna mandarinas mientras se saca los zapatos.
Sin ningún tipo de remordimiento.
Por suerte, si tenés suerte, aparece un veterano.
Uno de esos compañeros piolas que entienden cuáles son las verdaderas prioridades.
Entonces durante toda la mañana no te explica absolutamente nada de tu trabajo.
Pero te enseña lo importante.
—Ese es el jefe.
—¿Y aquel?
—Quiere ser jefe.
—¿Y aquella?
—Está peleada con los dos.
—¿Y ese?
—No le hables.
—¿Por qué?
—Ya vas a entender.
También te muestran información crítica.
Dónde está el mejor baño.
Cuál hay que evitar.
Qué máquina de café funciona.
Cuál roba monedas.
Dónde venden comida.
Y cuánto tiempo tiene que pasar antes de empezar a quejarte de la empresa sin quedar como un desubicado.
Entonces entendés que la adultez tampoco tiene tan resuelto el asunto.
Simplemente la gente aprendió a disimular mejor.
Y así pasan los años.
Escuelas nuevas.
Trabajos nuevos.
Barrios nuevos.
Grupos nuevos.
Siempre aparece algún momento donde uno vuelve a sentirse exactamente igual que aquel chico del guardapolvo blanco.
Un trabajo nuevo.
Un barrio nuevo.
Un club nuevo.
O, en el peor de los casos, una cárcel nueva.
—Carne fresca.
—Ese culito tiene mi talle.
Y todo tipo de cosas amorosas que escuchás cuando te dan la bienvenida.
Esperemos que esa primera vez no les toque.
Pero en general es siempre lo mismo.
Cambios de entorno.
Y vos ahí.
Tratando de entender qué está pasando.
Buscando dónde sentarte.
Esperando que alguien te explique las reglas.
Porque crecer no consiste en dejar de ser nuevo.
Consiste en acostumbrarse.
A empezar otra vez.
A sentirse perdido otra vez.
A aprender otra vez.
A ser nuevo.
De nuevo.
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