Operación Yarará
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Otro sábado a la tarde solo en casa.
Los chicos se habían ido a unos cumpleaños y Analía se juntaba con las mamás del colegio a tomar mates. Mi cuarto de sangre Chippewa y mi octavo de ascendencia africana me llevan automáticamente a ponerme a trabajar cuando me quedo solo. No existe el descanso cuando uno está aburrido, sin supervisión y con un día hermoso.
¿Qué mejor plan que hacer jardinería?
Solcito, plantas, tierra, pies descalzos sobre el césped. Volver a las raíces. Conectar con la naturaleza.
Gracias a Dios, hoy no me toca cortar el pasto porque con el frío y la sequía que venimos teniendo no crece ni el PBI. Así que puedo concentrarme en arreglar las plantas.
Arranco limpiando las bases de los arbolitos, marcando bien esos círculos sin césped para que se luzcan los troncos. Un poco de corteza por acá, una poda invernal por allá, y de golpe el jardín parece una foto de Pinterest hecha con presupuesto municipal.
Después empiezo a sacar yuyos.
Y ahí estaba yo, en cuatro patas, con las manos llenas de tierra. Metiendo los dedos cada vez más profundo entre las plantas. Hasta que toqué algo raro.
Mi mano volvió para atrás tan rápido como si hubiera metido los dedos en un enchufe pelado.
Me quedé inmóvil. Los ojos intentaban enfocar entre las hojas. Los pelos de los brazos empezaron a erizarse. Mi cerebro ya sabía lo que era antes de que yo pudiera verlo.
Y entonces la vi.
Le había tocado el culo a una víbora.
No sé cuánto medía. No sé qué especie era. No sé si era venenosa. Y sinceramente tampoco me interesaba averiguarlo.
Lo único que sé es que mi cerebro apagó todos los sistemas no esenciales.
Dejé de escuchar, dejé de pensar. Y estoy bastante seguro de que durante algunos segundos también dejé de respirar.
El silencio del barrio fue interrumpido por un grito tan agudo que varios perros empezaron a ladrar en cadena.
Salté para atrás.
Me puse de pie.
Y salí corriendo por el patio con una velocidad que no registraba desde que intentaba ganarle las carreras a las visitas que se iban en auto de la casa de mis viejos allá por 1994. Había que llegar primero a la esquina.
Cuando logré detenerme estaba en la otra punta del terreno, sin una ojota y con la dignidad completamente abandonada entre los malvones.
Le tengo terror a las serpientes. No a las que están detrás de un vidrio. No a las de los documentales. A las que están sueltas. A las que aparecen donde uno no las espera.
A las que te obligan a averiguar si son venenosas acercándote lo suficiente como para que te muerdan.
Todavía agitado, llamé a la policía.
—Ayuda. Hay una víbora en mi patio.
—¿Qué tamaño tiene?
—No sé.
—¿Es venenosa?
—No sé.
—¿Qué especie es?
—No sé.
—¿Y entonces cómo sabe que es una víbora?
—Porque le toqué el culo.
Silencio.
—¿Perdón?
—Le toqué el culo sin querer.
—¿A la víbora?
—Sí.
—Mire señor, hace diecisiete años que trabajo en la fuerza y es la primera vez que escucho esa descripción.
—¿Y me pueden ayudar?
—¿Sigue ahí?
—No pienso acercarme para verificarlo.
—Entendible. Que tenga buenas tardes.
La policía me había abandonado a mi suerte.
Así que llamé a los bomberos.
—Bomberos voluntarios, buenas tardes.
—Hola. Tengo una víbora en el patio.
—¿Hay fuego?
—No.
—¿Hay humo?
—No.
—¿Explosiones?
—Todavía no.
—Entonces no podemos intervenir.
—¿Y si la prendo fuego?
—Señor, no prenda fuego una víbora.
—¿Y si se prende fuego sola?
—Tampoco.
—¿Y qué hago?
—¿Probó alejándose de la víbora?
—Estoy a cuarenta metros.
—Bueno, va por buen camino.
Así que, vencido por el miedo y la vergüenza, terminé haciendo lo que jamás pensé que iba a hacer. Mandé un mensaje al grupo de WhatsApp del barrio. Cinco minutos después mi casa parecía una reunión de tupperware.
Empezaron a llegar vecinos.
Muchos vecinos.
Demasiados vecinos.
Uno vino con un palo. Otro con una linterna. Uno apareció con una bolsa arpillera.
Rubén llegó con un machete y Claudio apareció con un libro para identificar reptiles.
Marta apareció sin que nadie supiera cómo.
Simplemente estaba ahí.
Como las palomas o la tasa general de inmueble.
—Yo tuve una igual en el lavadero en el 2008.
—¿Y qué hiciste?
—Vendí la casa.
—Marta, seguís viviendo ahí.
—Por eso digo que no funcionó.
También apareció el Vasco.
Un hombre que jamás tuvo información útil sobre ningún tema.
—Eso no es una serpiente.
—¿Y qué es?
—Un lagarto sin patas.
—Eso es literalmente una serpiente.
—Bueno... pero distinta.
—¿Qué hacés con ese machete, Rubén? No se te ocurrirá matarla, ¿no?
—Ellas nos cuidan de las ratas y son fundamentales para el ecosistema.
—Vivimos a tres cuadras del río —contestó Rubén—. Entre las ratas, las serpientes y las comadrejas ya me tienen podrido. Hay que forzar un poquito la selección natural.
—Podríamos agarrarla y largarla cerca del río.
—Hay que matarla.
—No hay que matarla.
—Es una yarará.
—No, es una culebra.
—Tiene cabeza triangular.
—Todas tienen cabeza triangular.
—Es una cobra africana.
—¿Cómo va a ser una cobra africana, burro?
—Capaz se escapó de alguien.
—¿Quién carajo tiene una cobra africana en Rincón?
—Hay cada loco...
—Eso es verdad.
En menos de diez minutos la serpiente había sido identificada como:
yarará,
culebra,
falsa coral,
boa constrictor,
cobra africana,
anaconda,
y un híbrido raro entre varias de las anteriores.
Para ese momento la serpiente ya tenía más documentación que los bolivianos que venden ropa en la plaza del soldado.
Hasta que Claudio tomó la palabra.
—Yo sé bastante de esto.
—¿Y vos cómo sabés?
—Me vi las tres primeras temporadas de Supervivencia al Desnudo.
—Eso no te habilita a andar en pelotas por todo el barrio, Claudio. Ya lo hablamos con la policía en varias ocasiones.
—Yo estaba practicando técnicas de supervivencia.
—Supervivencia es pagar las expensas.
Y ahí la reunión dejó de tratar sobre la víbora.
Como ocurre en toda discusión vecinal seria.
—Hablando de expensas, ¿cuándo vas a podar el ligustro?
—Cuando vos dejes de tirarme las hojas en mi vereda.
—¿Y mis mandarinas quién se las roba?
—¿Qué mandarinas? Si ese árbol no da una mandarina decente desde el 89.
—Cómo te duele el 89 todavía, eh.
—No cambiemos de tema.
—Mi perro encontró varias.
—Tu perro también encuentra mi basura.
—Porque vos hacés humo cada vez que cuelgo ropa.
—Eso fue una sola vez.
—¡Fue durante tres meses!
La discusión escaló tan rápido que por un momento todos olvidamos que seguíamos buscando una serpiente posiblemente venenosa.
Yo mientras tanto estaba sentado en una reposera.
Pálido. Transpirado. Y con la presión más baja que las expectativas de un hincha de Colón de volver a ascender.
En un momento alguien preguntó:
—Che... ¿vos seguís pagando la empresa de vigilancia?
Y eso me hizo acordar.
Saqué el teléfono.
Llamé.
Después de atravesar cinco menús automáticos me atendió una chica.
—Buenas tardes. Vigilancia La Lechuza Rapaz.
—Hola. Tengo una víbora en el patio.
—Un momento señor... usted figura en nuestro sistema.
—Ah, buenísimo.
—No, no es buenísimo.
—¿Por qué?
—Usted aparece registrado como cliente hostil a la fauna aérea.
—¿Qué significa eso?
—Que después del incidente con el agente Gómez ningún animal de la empresa acepta acercarse a menos de cien metros de su domicilio.
—¿Todavía siguen con eso?
—El agente Gómez continúa con tratamiento psicológico.
—Bueno... gracias.
Corté.
No quise preguntar más.
Hasta que finalmente alguien gritó:
—¡¡AHÍ ESTÁ!!
Todos nos dimos vuelta.
Un vecino se tiró al piso.
Agarró la serpiente de la cola.
Y la levantó de un tirón.
El barrio entero dio un paso para atrás. Yo di tres y después otros dos por las dudas.
El hombre empezó a revolearla por el aire como poseído por el poncho de Don Atahualpa, hasta que la soltó. La serpiente voló. Describió una parábola perfecta, de esas que te enseñan en la Escuela Industrial. Y aterrizó exactamente al lado de mis pies.
Quedé inmóvil. La garrotera del Chavo era un poroto al lado mío. No podía moverme. No podía respirar. No podía mirar.
Hasta que escuché las primeras risas.
Después más.
Después todas.
Uno por uno los vecinos empezaron a descomponerse de la risa.
Finalmente me animé a mirar.
Era una serpiente de goma.
Una de esas de los juguetes de Feli.
De las que parecen diseñadas por un psicópata. Enfermo inmundo. Basura. Te odio. Si agarro te voy a… y la que te recontra…
Las detesto. Absolutamente a todas.
Las risas siguieron varios minutos más.
Los vecinos empezaron a irse.
Algunos todavía tentados. Otros aprovechando para seguir peleando por las mandarinas.
Yo me quedé ahí.
Humillado.
Mirando el patio. Intentando recuperar algo de dignidad.
Decidí volver a trabajar.
No podía permitir que una serpiente de juguete me arruinara la tarde.
Pero Rubén, el del machete, seguía convencido de que había una de verdad.
Entonces se quedó buscando.
Una hora.
Dos horas.
Ya no quedaba nadie en el barrio.
Hasta que de golpe gritó:
—¡¡LA ENCONTRÉ!!
Todo el barrio volvió corriendo.
Era una manguera.
Una manguera decapitada.
Rubén levantó el machete en señal de victoria.
Aplausos grupales. Ya tenemos excusa para volver a cortar la calle y organizar el próximo barril de cerveza barrial.
No todos los héroes tienen capa.
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Buenísimo! 🤣
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