Ricardito y los chicles prohibidos

 


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Después del incidente de la mandarina, de la crisis diplomática con el nene chino y de quedar bajo investigación internacional por posible trata de arvejas, Ricardito llegó a una conclusión.

El mundo estaba lleno de fuerzas misteriosas.

Algunas eran peligrosas.

Otras parecían completamente arbitrarias.

Y si existían tantas cosas mágicas capaces de arruinarte la vida...

También debían existir cosas mágicas capaces de mejorarla.

Solo había que encontrarlas.

Así que salió para la plaza.

Ahí estaban sus dos amigos de siempre.

Luchi y Fede.

Luchi era el cerebro científico del grupo.

No porque supiera cosas.

Sino porque las inventaba con mucha seguridad.

Si Luchi decía que las hormigas podían transmitir mensajes por telepatía, automáticamente se transformaba en información validada por la comunidad científica.

Fede, en cambio, era más práctico.

No cuestionaba nada.

Simplemente acompañaba.

Si alguien proponía construir un submarino con cajones de cerveza, Fede ya estaba buscando herramientas.

Los tres formaban un equipo razonablemente peligroso.

Y esa tarde estaban reunidos alrededor de un tesoro.

Una bolsa de chicles.

—Los consiguió mi primo.

Luchi hablaba en voz baja.

Como si estuvieran traficando uranio enriquecido.

—¿Cuál primo?

—El grande.

Los otros dos se quedaron en silencio.

Todos sabían quién era "el grande".

Tenía quince años.

Escuchaba heavy metal.

Usaba una campera de jean en verano.

Y según las madres del barrio estaba a tres semanas de fundar una secta satánica.

Luchi abrió la bolsa.

Adentro había varios chicles de colores.

Rojo.

Violeta.

Verde.

Azul.

Negro.

Uno transparente que daba bastante miedo.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Qué hacen?

Luchi miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchara.

Después habló.

—Dan poderes.

Ricardito sintió una descarga eléctrica recorriéndole la columna.

—¿Qué clase de poderes?

—Depende del color.

Este rojo te permite volar.

—¿En serio?

—Sí.

Pero a propulsión a pedos… bastante fuertes

—Lógico.

—El violeta te vuelve invisible.

—¡Ese quiero!

—Pero quedás sordo y mudo.

—¿Mientras dura el poder?

—No sabemos.

—El verde te da súper velocidad.

—¿Y?

—Tartamudeás.

—¿Y el azul?

—Respirar abajo del agua.

—¿Y la contra?

—Te salen branquias en las axilas.

—¿Y el negro?

Luchi dudó.

—Nadie sabe.

Mi primo dijo que no hay que usarlo.

Los tres lo miraron.

Era claramente el más interesante.

En pocos minutos ya estaban organizando pruebas.

Porque la ciencia exige sacrificios.

Y porque ninguno de los tres tenía supervisión adulta.

Ricardito eligió el rojo.

Lo masticó.

Esperó.

Nada.

—Tenés que creer.

—Ah.

Cerró los ojos y empezó a correr por toda la plaza apretando los cachetes con una concentración digna de un astronauta.

Fede y Luchi observan.

Esperan.

Nada.

Siguen esperando.

Nada.

Hasta que finalmente… ocurre algo.

Un ruido seco.

Olor.

Dos palomas abandonan un árbol.

Un perro empieza a ladrar.

Y una señora se cambia de banco.

—¡DESPEGÓ! —grita Fede.

—No estoy seguro de que haya sido eso —dice Luchi.

Y Ricardito juró haber permanecido medio segundo suspendido en el aire.

—¡VOLÉ!

—Capaz.

—¡VOLÉ UN MONTÓN!

—Bueno...

—Un poco. 

Fede probó el verde.

Inmediatamente empezó a correr alrededor de la plaza.

—Fu fu fu fu fu fu fu funcionaaaaaa.

—¿Qué dice?

—Que funciona.

—¿Y cómo sabés?

—Porque tartamudea.

La evidencia era contundente.

Los poderes eran reales.

Y entonces apareció Lucas.

Lucas no vivía en el barrio.

Era el nieto de Don Ernesto.

Venía algunos fines de semana.

Y era insoportable.

Tenía una habilidad extraordinaria.

Siempre había hecho algo mejor.

Si te habías roto un brazo… él se había roto dos.

Si habías visto una víbora… él había visto una anaconda.

—¿Qué hacen?

—Tenemos poderes.

Lucas se rió.

—¿Eso?

Yo tuve poderes el verano pasado.

Los tres sintieron ganas de pegarle con una reposera.

—¿Qué poderes?

—Todos.

Volaba.

Era invisible.

Leía la mente.

Y una vez viajé en el tiempo.

—Mentira.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

La discusión duró quince minutos.

Hasta que Lucas lanzó la frase más odiosa de la historia.

—Además esos chicles son para bebés.

Mi primo tiene unos japoneses que te convierten en energía pura.

Eso fue suficiente.

Porque hay cosas que uno puede tolerar.

Pero que te menosprecien los poderes… es imperdonable.

Ricardito tomó una decisión.

La peor decisión posible.

Agarró todos los chicles.

Todos.

Los colores.

Todos los poderes.

Todas las consecuencias.

Todo junto.

—No lo hagas.

—Ricardito...

—Pará...

Demasiado tarde.

Se metió seis chicles en la boca.

—Voy a convertirme en el superhéroe definitivo.

Y durante algunos segundos pareció funcionar.

Corría.

Volaba.

Tartamudeaba.

Se hacía invisible.

Respiraba raro.

Transpiraba colores.

Todo al mismo tiempo.

Hasta que empezó a ahogarse.

Porque seguía siendo un nene de siete años.

Y porque seis chicles son seis chicles.

La situación se volvió dramática.

Fede gritaba.

Luchi lloraba.

Lucas daba indicaciones equivocadas.

—¡Hay que colgarlo de los pies!

—¡No!

—¡Darle agua!

—¡NO!

—¡Hacerle la maniobra de Heimlich!

—¿De quién?

—Mi primo tiene una maniobra mejor.

—¡TIENE SIETE AÑOS!

Y cuando todo parecía perdido...

...apareció Elda.

La anciana de los duendes.

La señora de las petunias.

La única persona del barrio capaz de resolver una emergencia sobrenatural.

Miró la escena.

Suspiró.

Y le aplicó un soplamoco histórico.

Los seis chicles salieron disparados.

Dos metros de distancia.

Récord barrial.

Ricardito volvió a respirar.

—¿Estoy vivo?

—Por desgracia sí —dijo Elda.

Los cuatro quedaron sentados bajo un árbol recuperándose.

Lucas fue el primero en hablar.

—Bueno... una vez yo me comí doce.

Los demás lo miraron.

—Lucas...

—¿Qué?

—Callate.

Y por primera vez en la historia del barrio...

...Lucas se quedó callado.

Lo cual, si uno lo piensa bien...

...fue probablemente el verdadero superpoder del día.

 

 

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