Cazame los Fantasmas


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A todos nos pasó de tener un grupo de amigos del barrio cuando éramos chicos. Ese grupo con el que podías pasar doce horas seguidas sin hacer absolutamente nada productivo. Caminar, tirar piedras, andar en bicicleta sin destino, tocar timbre y salir corriendo, discutir quién ganaría una pelea entre un tiburón y un gorila con snorkel. Ese tipo de actividades que construyen carácter.

En mi barrio había una leyenda, como en todo barrio que se respete, la famosa casa embrujada.

Era una mansión enorme de dos pisos que llevaba años abandonada. Tenía ventanas rotas, paredes descascaradas, árboles creciendo por cualquier lado y un balcón que parecía estar esperando el momento exacto para caerse arriba de alguien.

Nadie sabía demasiado sobre la casa. Y justamente por eso circulaban todo tipo de historias.

Algunos decían que una familia entera había desaparecido una noche. Otros aseguraban que una vieja borracha se había muerto tejiendo y seguía apareciendo sentada junto a una ventana tomando vino. Y el almacenero juraba haber visto luces encendidas a las tres de la mañana. Nosotros les creíamos a todos.

Porque a los diez años cualquier adulto parece una fuente confiable.

Cada vez que pasábamos por ahí hacíamos exactamente lo mismo: nos acercábamos, nos desafiábamos, tirábamos una piedra y después corríamos cuatro cuadras como si hubiéramos cruzado una traffic blanca.

Una tarde se armó una discusión importante.

El Flaco y Lalo estaban compitiendo para ver quién era el más valiente del barrio.

—Yo saqué a bailar a Pamela dos veces en el baile de la escuela.

—Eso no es nada. Yo le agarré la cola al perro del Negro Pablo.

—Mentira.

—Verdad.

—Mentira.

—Verdad.

Mientras tanto Pipo y yo nos reíamos.

Pipo era el gordo del grupo, pero "gordo" era apenas una descripción física. Pipo era mucho más que eso. Era el tipo que podía quedarse dormido en cualquier lugar. Una vez se durmió sentado en el confesionario de la iglesia. Otra vez se quedó dormido mientras robábamos mandarinas en la casa del viejo Casimiro. Y cuando se ponía nervioso empezaba a transpirar como vaso de gaseosa.

Los dos nos estábamos matando de risa cuando los otros se calentaron.

—¿Y vos de qué te reís?

—Sí, Pipo. Si sos el más cagón de todos.

—Ni te animás a comprar bizcochos porque la panadera es mujer.

—Una vez te asustaste con una estatua.

—Pensé que era el afilador de cuchillos, lo detesto.

—¡Era San Martín!

Pipo se ofendió. Yo también. Y sin pensarlo demasiado largué:

—Bueno... si son tan valientes, ¿por qué no entran a la casa embrujada?

Silencio.

Todos miramos hacia la mansión.

El Flaco tragó saliva. Lalo acomodó la gorra.

Y entonces apareció la peor combinación posible: orgullo más presión social.

—Yo me animo.

—Yo también.

—Bueno.

—Bueno.

Y así fue como cuatro idiotas organizaron una expedición paranormal.

Esa noche nos encontramos frente a la casa. Cada uno había llevado equipamiento especializado.

Lalo tenía una linterna infantil. El Flaco tenía otra.

Yo había llevado un palo. No servía para nada, pero me hacía sentir preparado.

Pipo apareció con una botella de agua bendita. O eso dijo. Más tarde descubrimos que era agua sacada del tanque del inodoro. Según él, nadie reza más que una persona descompuesta en el baño.

Y el Flaco había traído una estampita protectora. O eso creía. Después vimos que era un dibujo de Gandalf arrancado de una revista.

—¿Ese no es San Cayetano?

—Sí.

—¿Seguro?

—Bastante.

No estábamos preparados para nada, pero entramos igual.

Nos colamos por una ventana rota y enseguida sentimos el olor.

Humedad, madera vieja, polvo,  culo de ciruja y algo más. Algo raro.

—¿Más raro que culo de ciruja?

—Dejame que la estoy contando yo la historia.

Como si la casa estuviera respirando.

—Ya está, vamos.

—Pará, Pipo.

—Mi vieja tiene las milanesas listas.

—Cinco minutos.

—Tres.

—Cinco.

Subimos la escalera. Cada escalón crujía.

La linterna iluminaba apenas unos metros, formando una especie de batiseñal miserable contra las paredes. Y entonces escuchamos algo.

Un ruido.

Arriba.

Muy suave.

Después otro.

Y otro más.

—¿Escucharon?

—Sí.

—Capaz es el viento.

—No hay viento.

—Capaz es un gato.

—¿Y si no es un gato?

—¿Un gato soplando?

—¡Que no es un gato!

—¿Y entonces qué es?

Nadie respondió. Seguimos avanzando.

Los ruidos aumentaban.

Cada vez más cerca.

Cada vez más claros.

Pipo empezó a quedarse atrás.

—Che...

—¿Qué?

—Se me enganchó la zapatilla.

—Otra vez.

—Sí.

—Qué casualidad.

Y entonces pasó.

Una sombra enorme cruzó el pasillo.

Todas las linternas se apagaron al mismo tiempo.

Todas.

Y nosotros reaccionamos exactamente como cualquier grupo de héroes.

Gritando como cuando una cucaracha voladora nos encara.

Salimos corriendo. Empujándonos. Tropezándonos. Intentando escapar.

Hasta que escuchamos a Pipo.

—¡CHICOS!

Nos dimos vuelta.

Seguía atrás, atorado.

La sombra se acercaba.

—¡CORRAN!

—¡PIPO!

—¡SÁLVENSE!

—¡TIRALE LA MEDIA!

—¿Qué media?

—¡NO SÉ! ¡TIRALE ALGO!

Pero ya era tarde, la sombra cayó sobre él y nosotros escapamos.

Porque la amistad tiene límites. Y uno de esos límites son los fantasmas.

Al día siguiente apareció en la escuela como si nada hubiera pasado.

Perfectamente sano. Perfectamente tranquilo. Demasiado tranquilo.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Nada.

—¿Y el fantasma?

—No pasó nada.

No quiso contar nada más.

Pero desde ese día cambió. Empezó a caminar sacando pecho, usaba anteojos de sol, sonreía todo el tiempo, les guiñaba el ojo a las chicas, y parecía tener una confianza inexplicable.

Era como si hubiera regresado de una guerra que nosotros no entendíamos.

Con el tiempo empezamos a notar algo todavía más raro.

Pipo seguía visitando la casa. Solo.

Todas las semanas.

Hasta que una tarde decidimos seguirlo. Esperamos escondidos y lo vimos entrar.

Y cinco minutos después entramos nosotros. Subimos la escalera y llegamos al segundo piso. Ahí escuchamos unos ruidos extraños. Muy extraños.

—Uuuuuuuuuuu...

—Uuuuuuiiiiiiiiiiii...

Nos acercamos despacio y ahí lo vimos.

Pipo estaba acostado en el piso. Con los pantalones por las rodillas. Sonriendo de una manera que ninguno de nosotros le había visto jamás.

Y el fantasma...

Bueno.

El fantasma parecía estar prestándole un servicio que no figuraba en ninguna historia de terror conocida.

Ni en libros. Ni en películas. Ni en relatos paranormales.

De seguro había sido encantador de serpientes en vida. Porque era verdaderamente impresionante la habilidad que tenía para sacarle el veneno a la cobra de Pipo.

Nos quedamos congelados. Nadie entendía nada. Lo único que entendíamos era que aquello no era un exorcismo.

Pipo abrió un ojo. Nos vio. Y con una tranquilidad absoluta hizo un pequeño gesto con la mano. Como diciendo:

"Muchachos... vuelvan otro día."

Bajamos la escalera en completo silencio.

Caminamos una cuadra. Dos. Tres. Hasta que Lalo habló.

—Che Flaco...

—¿Qué?

—¿Soy yo o cuando apareció el fantasma te emocionaste un poco?

—¿Qué decís, enfermo?

—Y... te vi acomodándote el pantalón.

—¡Porque corrí!

—Mmmm.

—¡Porque corrí!

—Claro.

Nos empezamos a reír todos.

—No sean pelotudos.

—Por las dudas, si alguno llega hoy a la casa con ganas de hacer manualidades... ya sabemos de dónde salió la inspiración.

El Flaco casi nos mata.

Durante meses seguimos investigando.

Cada tanto Pipo desaparecía unas horas y todos sabíamos dónde estaba.

Nunca volvió a admitir nada pero tampoco volvió a negar nada.

Hasta que un día llegaron las máquinas.

La casa fue demolida. Iban a construir un supermercado.

Pipo observó la demolición en silencio.

Como quien despide un amor imposible. Algo así como convertirse en una especie de viudo sobrenatural.

Nadie dijo nada por respeto.

Meses después abrió el supermercado. Era espectacular.

Tenía puertas automáticas, de esas que se abrían solas. Para nosotros era tecnología de la NASA. Podíamos pasar veinte minutos entrando y saliendo solamente para verlas funcionar.

Mientras recorríamos las góndolas el día de la inauguración vimos a Pipo alejarse hacia el fondo. Entre las aceitunas y los salames, se quedó quieto. Miró alrededor y murmuró bajito:

—Uuuuuuuuuuu...

—¿Estás por ahí...?

Nos quedamos observándolo unos segundos. Parecía esperar una respuesta. Parecía creer que, de alguna manera, todavía podía aparecer.

Y por primera vez sentimos un poco de pena por él.

Porque uno puede superar muchas cosas en la vida.

Una novia. Una mudanza. Hasta la derrota de tu equipo.

Pero hay amores que dejan marca.

Sobre todo cuando te los hace un fantasma.

 

 


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