La mesa del Oxímoron

 

 

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Hay una edad muy complicada en la vida de cualquier persona.

No hablo de la adolescencia. No hablo de los treinta. Ni siquiera de cuando te das cuenta de que ya te podés lesionar durmiendo.

Hablo de una tragedia mucho peor.

Todos pasamos por ese momento de la vida, generalmente en un cumpleaños, una Navidad o algún asado familiar, donde hay que tomar una pequeña gran decisión. De esas que parecen insignificantes pero terminan definiendo quién sos.

La pregunta era simple:

¿En qué mesa te vas a sentar? ¿Con los grandes o con los chicos?

Lo complicado era esa edad de frontera. Ese limbo social donde ya no eras completamente chico pero tampoco te aceptaban como grande. Una especie de pequeño gigante. Un niño veterano. Un adolescente prematuro. Un adulto de juguete.

Andabas con ese peluzón de bigote que no terminaba de definirte y todavía podías jugar a las escondidas, pero también empezabas a entender algunos chistes de los adultos.

Y ahí aparecía el problema.

¿Dónde encajabas?

La mesa de los grandes era impresionante: manteles buenos, copas de vidrio, cubiertos que combinaban entre sí, servilleteros e hieleras con pinzas metálicas. Y todos sabemos que ningún chico puede resistir la tentación de agarrar una de esas pinzas y pasarse diez minutos levantando cubitos, imaginando que está operando a corazón abierto.

Alrededor se sentaban los adultos. Los abuelos. Los tíos. Los padres. El tío borracho. El tío que discutía política. El tío que discutía cualquier cosa solo para llevar la contra. Y la tía que decía "yo no quiero opinar" justo antes de opinar durante cuarenta minutos.

Pegada a esa mesa, o estratégicamente alejada para proteger la audición del resto de los invitados, aparecía la mesa de los chicos.

Una obra de arte.

Sillas de distintas alturas, banquitos de plástico, un mantel con flores o dibujitos, vasos que no combinaban entre sí, cubiertos de colores y una gaseosa de tres litros ocupando el centro como si fuera una estatua de Dionisio, venerada por todos y cada uno.

Era una hermosa mugre organizada.

Y como toda sociedad organizada, tenía reglas.

Porque lo que los adultos nunca entendieron es que la mesa de los chicos no era una mesa.

Era un país. Un pequeño estado independiente, con leyes propias, jerarquías propias y una anarquía perfectamente ordenada. Y sí… una profunda desconfianza hacia los extranjeros.

Lo más complicado era cuando te transferían de una mesa a la otra. Porque uno piensa que simplemente agarraba el plato, cambiaba de silla y listo.

Mentira.

Era un proceso migratorio. Una reubicación geopolítica. Una crisis diplomática.

Si te mandaban desde la mesa de los grandes a la de los chicos llegabas creyéndote importante. Como un embajador. Como un enviado especial. Como alguien que había conocido los secretos del mundo adulto.

Pero para los chicos vos no eras un embajador.

Eras un forastero. Un intruso. Un gaijin. Un forajido gastronómico.

Un hombre sin patria ni postre asegurado.

Apenas apoyabas el plato arrancaba el interrogatorio.

—¿Por qué viniste?

—Me mandaron.

—¿Por cuánto tiempo?

—No sé.

—¿Te quedás para el postre?

—No sé.

—Mmmm...

Nadie confiaba en vos. Porque sabían perfectamente que venías de la mesa de los grandes. Habías escuchado conversaciones prohibidas. Conocías información sensible. Eras una especie de espía.

—¿De qué hablan allá?

—De política.

—Qué embole.

—Y de la tía Marta.

—Contá.

—No puedo.

—¡Huira botón!

Llegó hace cinco minutos y ya se cree de la CIA.

Pero el proceso inverso tampoco era sencillo.

Cuando te tocaba abandonar la mesa de los chicos para sentarte con los grandes tampoco eras recibido como un héroe. Vos pensabas que sí. Creías que te estaban promoviendo, que finalmente habías llegado a las grandes ligas, que habías ascendido.

Pero en realidad te estaban vendiendo humo.

Porque en la mesa de los chicos tal vez eras alguien importante. Capaz eras el más grande. El líder. El que repartía los lugares. El que cortaba las milanesas de los más chicos. El que sabía dónde escondieron los postres.

El rey absoluto del Reino de los Vasos de Plástico.

Y de golpe aparecía tu vieja.

—Vení.

Te sentás con los grandes.

Y era como si te vendieran a un club europeo.

Sonaba importante.

Pero todos sabíamos que te ibas a pasar los próximos años comiendo banco.

Porque al llegar descubrías la verdad.

No eras un adulto. No eras un igual. No eras un invitado distinguido.

Eras simplemente el más chico de los grandes.

Habías dejado de ser el rey de los chicos para convertirte en un importante don nadie.

O sea...

El más inútil de la mesa.

—Alcanzame el pan.

—Traé otra botella.

—Andá a buscar hielo.

—Llevá estos platos a la cocina.

Un cadete sin sueldo.

Lo más triste era la despedida. Porque cuando un grande abandonaba definitivamente la mesa infantil no solo cambiaba su vida. También cambiaba la de los que se quedaban.

Toda mesa de chicos tiene una jerarquía perfectamente establecida, aunque nadie la haya votado.

Siempre hay uno que manda.

Y cuando ese se va...

Empieza la sucesión.

Algunas veces era pacífica. Ya estaba claro quién heredaba el poder.

Pero otras no.

Otras veces había varios candidatos y entonces comenzaban las disputas.

Generalmente entre un varón y una nena.

Porque las nenas siempre estaban mejor organizadas.

Y los varones teníamos más confianza que capacidad.

—¿Por qué tendría que mandar ella?

—Porque tiene doce años.

—Yo también.

—Pero ella es más responsable.

—Eso no cuenta.

—Sí cuenta.

—No cuenta.

—Cuenta.

—No cuenta.

Y así nacían las primeras crisis institucionales de nuestra democracia.

Mientras los adultos discutían política en la mesa principal, a pocos metros se estaba definiendo algo mucho más importante.

Quién heredaría el Reino de los Vasos de Plástico.

También existía una fuerza de seguridad.

Las madres.

Ellas iban y venían constantemente. Traían comida, limpiaban manchas, cortaban carne, negociaban conflictos y mantenían la paz.

Eran una mezcla entre personal de logística, asistencia social y fuerzas de ocupación.

Los padres funcionaban distinto.

Ellos no intervenían.

Observaban.

Desde lejos.

Y cuando algún chico empezaba a hacer un escándalo lanzaban una mirada.

Una sola.

Seca.

Precisa.

Letal.

De esas que atravesaban treinta metros de salón y lograban sentarte de culo sin necesidad de pronunciar una palabra.

Porque cuando mamá se acercaba todavía había negociación. Había explicaciones. Había segundas oportunidades.

Pero cuando se levantaba papá...

—Cagamos.

Ahí se terminaba la etapa diplomática.

Y uno obedecía antes de averiguar cuál era el castigo.

Hoy tengo cuarenta y un años.

Y la mesa de los chicos sigue existiendo.

La veo en cada cumpleaños, en cada Navidad, en cada reunión familiar.

Ahí está.

Con su mugre organizada. Las servilletas arrugadas. Algún primo peleando por una milanesa. Otro mezclando Coca-Cola con helado para ver qué pasa.

La diferencia es que ahora estoy sentado del otro lado.

En la mesa de los grandes.

Hablando del colesterol. Del precio de la carne. De cuánto sale cambiar cuatro cubiertas.

Y mirando de reojo aquella mesa donde todo parece mucho más divertido.

Porque recién ahora entendí algo.

Durante años creímos que el objetivo era ganarnos un lugar en la mesa de los grandes, como si fuera un ascenso, como si finalmente nos fueran a aceptar en la categoría importante.

Pero no.

La verdad es que nunca quisimos sentarnos en esa mesa.

Lo que queríamos era otra cosa.

Quedarnos un ratito más en la de plástico.

Aunque fuera para volver a discutir durante una hora si Gokú le podía ganar a Superman.

Mirá que le va a ganar a Gokú...

No tiene ninguna chance.

 

 

 

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