Pequeñas Adicciones

 

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La tarde parecía casi perfecta. No había viento, la temperatura era ideal y un sol amable invitaba a sentarse al aire libre. Como todos los jueves, un grupo de madres se había reunido alrededor de unos mates mientras sus bebés ocupaban el arenero de la plaza.

Las conversaciones eran siempre parecidas.

—Mirá cómo se observan.
—Es increíble.
—Parece que se estuvieran reconociendo.
—Siempre tardan un ratito en empezar a jugar.
—Como si esperaran que lleguen todos.

Las madres sonrieron enternecidas.

Del otro lado, en el arenero, efectivamente estaban esperando que llegaran todos.

—Bueno, parece que ya estamos.

Los bebés fueron tomando asiento alrededor de un baldecito dado vuelta que hacía de mesa principal.

—Vamos a dar comienzo a una nueva reunión de Adictos Anónimos a la Teta.

Un aplauso generalizado.

Bueno... más bien una lluvia desordenada de cachetazos contra la arena.

—Antes que nada les recuerdo que esta es una reunión específica para adictos a la teta. Los adictos al chupete se juntan los martes en la guardería municipal. Los dependientes emocionales del upa tienen terapia grupal los miércoles en estimulación temprana. Y los adictos a comer arena siguen suspendidos.

—¿Por qué?

—Porque se siguen comiendo el arenero.

Algunos bajaron la mirada.

—Como siempre, vamos a presentarnos para que los nuevos nos conozcan y los más viejitos nos recordemos también. ¿Quién quiere empezar?

Una bebé levantó la mano.

—Hola. Soy Carolina. Me dicen Tutituti. Y creo que tengo un problema con la teta.

—Hola, Carolina.

—Lo único que hago es pensar cuánto falta para que me den la teta. Mi teta. Porque es mía y de nadie más. ¿Qué hora es? ¿Dónde está mi teta? ¿Quién tiene mi teta?

—Tranquila, Tutituti. Acá te vamos a ayudar a manejar esa ansiedad. Ya diste un paso enorme reconociendo que tenés un problema.

Levantó los brazos.

—Un abrazo grupal.

Los bebés se acercaron torpemente.

—Y esta vez sin morder, Juan, por favor.

—Perdón.

—Seguimos.

Otro bebé se acomodó el babero.

—Hola, soy José. Me dicen Pepito o Gordo Chancho. Nací con un dientito y nunca me quisieron dar la teta. Desde entonces no puedo dejar de pensar en eso. Veo una teta y pierdo la razón. Me quieren hacer creer que la mamadera es más rica, pero yo no soy boludo. Una teta es una teta.

El grupo asintió con respeto.

—Encima la mamá de Carolina tiene unas condiciones espectaculares. Cuánto desperdicio.

—José...

—Bueno, alguien lo tenía que decir.

—No estamos acá para juzgar.

—Bueno, pero tampoco soy ciego.

—¡José, eso es justamente de lo que estamos tratando de salir!

—Perdón.

—Peor es el caso de Drodrigo. Mostrales, Drodri, cuál es tu mamá.

Drodri señaló discretamente.

Otro bebé giró la cabeza.

—Ah...

—Sí.

—Fuerza, hermano. No te rindas.

El señalado rompió en llanto.

—No llores, Drodri. Acá nadie elige las cartas que le tocan.

—Gracias...

—¿Tenés padrino?

—Sí.

—¿Quién?

—El nene de los mellizos.

Un silencio incómodo recorrió la reunión.

—¿El que se tomó dos mamaderas seguidas?

—Sí.

—Ese no puede ser padrino de nadie.

—¿Por qué?

—Porque vive anestesiado.

Varios asintieron.

—Tiene razón.

—Está siempre en baba.

—Seguimos.

Otro bebé levantó la mano.

—Hola, soy Joaquín. Me dicen Joaco. Estoy limpio de teta desde hace cuatro meses, pero ahora tengo miedo de pegar una recaída con el chupete. Necesito tener algo en la boca para matar la ansiedad.

—¡Bravo, Joaco!

—¡Fuerza, hermano!

—Vos podés.

Un aplauso generalizado.

Bueno... más bien otra lluvia desordenada de cachetazos contra la arena.

La presidenta observó al grupo con orgullo.

—Qué lindo grupo armamos hoy.

Se acomodó el moño.

—Para los que no me conocen, yo soy Josefina. Me dicen Bebota Hermosa. Hace ya dos años que coordino estas reuniones.

Todos asintieron respetuosamente.

Era una institución. Una leyenda. Una prócer de la recuperación infantil.

—Y aunque ya tengo cuatro años sigo teniendo problemas.

El grupo quedó inmóvil.

—Cada vez que me como un panchito siento la necesidad de bajarlo con una buena teta para hacer bien la digestión.

Silencio.

—Valiente.

—Muy valiente.

—Gracias por compartir.

Josefina respiró profundo.

—Miren a su alrededor, amiguitos. Miren a los bebés que no vienen a las reuniones. Miren cómo se anestesian con sus tetas. Cómo se quedan ahí, mirando fijo a la nada. Algunos hasta escupen la leche como si fueran una fuente ornamental y sonríen completamente extasiados.

Los presentes observaron a varios bebés mamando a la distancia.

—Qué desperdicio de potencial.

—Terrible.

—Miren todo el camino que recorrimos para llegar hasta acá.

Señaló a Joaco.

—Vos.

—Sí.

—¿Cuándo fue tu última recaída?

—La semana pasada.

—¿Qué pasó?

—Vi una madre amamantando en el supermercado.

Silencio.

—¿Y?

—Me quedé mirando.

—¿Cuánto tiempo?

—Como dos canciones de Plim Plim.

Silencio.

—Ufff...

—Es una banda.

—Durísimo.

—Gracias por compartir.

Josefina asintió.

—Eso es exactamente de lo que hablamos cuando hablamos de recaídas.

Otro bebé levantó la mano.

—¿Vos hace cuánto estás limpia?

Josefina quedó en silencio.

—Diez minutos.

Todos asintieron con comprensión.

—Ah...

—Pero no estamos acá para hablar de mí.

—Estamos acá para ayudarnos entre todos.

Volvió a ponerse seria.

—Así que sigan apoyándose. Van a ver que de a poco lo superamos. Recuerden que no deben aceptar tetas de extraños. No suban a cochecitos sospechosos. Y tengan cuidado con el cochecito blanco que dicen que roba bebés.

Varios se persignaron.

—Ahora, cuando nos separemos, nos van a querer enchufar la teta.

El grupo se tensó.

—Pero debemos resistir.

Silencio.

—Debemos ser fuertes.

Silencio.

—Debemos decirle NO a la teta.

Silencio.

En ese preciso instante una madre levantó a su bebé y le ofreció el pecho.

El pequeño aceptó inmediatamente.

Después otro.

Y otro.

Y otro más.

En menos de treinta segundos la mitad de la reunión había recaído.

Josefina observó la escena. Suspiró.

Y mientras su propia madre la levantaba en brazos murmuró:

—Bueno... nos vemos la semana que viene.

Y se prendió de la teta como una aspiradora industrial.

Del otro lado de la plaza, una madre sonrió.

—Mirá cómo se divierten.

—Sí.

—Hasta parece que hablaran entre ellos.

—Son hermosos.

 

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