La Isla de los Chanchos
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Bueno, todos los que alguna vez fueron a mi casa habrán visto el cuadro gigante de un chancho que tengo colgado en el living.
Durante años me gustaba explicar la historia detrás de ese cuadro. Después me cansé.
Porque al principio la gente preguntaba. Después escuchaba.Y finalmente aprendía a no preguntar.
Con el tiempo empecé a notar algo raro. Las visitas entraban, miraban el cuadro, cuchicheaban entre ellas y seguían de largo. Nadie preguntaba nada.
Todos sabían que detrás de ese chancho había una historia. Y que si cometían el error de mencionarlo podían perder fácilmente una hora y media de sus vidas.
Así que hoy voy a contarla por última vez.
Presten atención porque no pienso repetirla nunca más.
O al menos hasta el próximo asado.
Todo empezó la única vez en mi vida que fui a una exposición de fotografías.
Había paisajes increíbles. Montañas. Glaciares. Cataratas. Auroras boreales. Lugares que te daban ganas de vender todo e irte a vivir ahí.
Y en un rincón, con una lucecita arriba, había una foto de un chancho.
Nada más.
Un chancho. Parado en la orilla de una isla. Con medio cuerpo metido en el agua.
A simple vista no tenía nada especial, pero me quedé mirando.
Y mientras más la miraba, más me molestaba una pregunta.
¿Los chanchos saben nadar?
Porque uno ve perros nadando, caballos, patos y hasta vacas nadando.
Pero jamás en la vida había visto un chancho nadando.
Y cuando algo existe desde siempre y uno recién se entera a los cuarenta años, automáticamente se siente estafado por el sistema educativo.
¿En qué momento nos ocultaron esta información?
¿Dónde estaban los documentales?
¿Dónde estaban los manuales escolares?
¿Por qué nadie habla de los chanchos nadadores?
Como si me hubiera escuchado pensar, apareció un tipo detrás mío.
—Sí, saben nadar.
Resultó que era el fotógrafo y me empezó a contar la historia.
Al parecer, en una isla de Bahamas alguien dejó unos chanchos para que vivieran ahí y se reproduzcan.
La idea era brillante, hasta que descubrieron un pequeño detalle.
En la isla no había nada que comer, salvo cactus.Y se ve que los chanchos no son muy fanáticos de los cactus.
Por suerte para ellos, todos los días pasaba un hombre en bote tirando restos de comida al mar. Un fenómeno, seguro se llama Juan Carlos o Rafael, nombre de buenos tipos. El ministerio de medio ambiente lo hubiese amado.
Y así fue como los chanchos, empujados por el hambre y el olor a comida, empezaron a meterse al agua.
Al principio unos metros. Después un poco más.
Y generación tras generación terminaron convirtiéndose en excelentes nadadores.
Una sociedad porcina anfibia.
Una especie de Atlantis pero con más jamón y colesterol.
Mientras escuchaba la historia me fui fascinando. Y cuando digo fascinando me refiero a un nivel poco saludable.
Salí de la muestra y me pasé toda la tarde mirando videos de chanchos nadando.
Descubrí que nadan mejor que varios amigos míos. Incluso mejor que algunos familiares.
No voy a dar nombres porque se van a ofender.
Pero si alguna vez lo vieron al Dari con un salvavidas puesto dentro de una pileta Pelopincho ya saben de quién hablo. ¡Ups!
Durante semanas no hablé de otra cosa.
Si alguien me preguntaba cómo estaba, terminábamos hablando de los chanchos.
Si alguien me preguntaba por el trabajo, chanchos.
Si alguien me preguntaba por los chicos… chan - chi - tos.
Mientras la gente veía documentales sobre tigres, leones y tiburones blancos, yo llevaba tres horas mirando un cerdo nadando distintos estilos.
Al parecer el estilo que mejor les sale es el crol.
Pecho también. Mariposa todavía no. Pero los especialistas dicen que vienen evolucionando muy rápido.
Y cuanto más aprendía, más orgulloso me sentía. No sé por qué. Ni siquiera conozco un chancho personalmente. Pero me sentía orgulloso.
Al principio yo contaba la historia.
Después empecé a decir "los chanchos".
Más adelante empecé a decir "mis chanchos".
Y para cuando me di cuenta ya hablaba como si hubiera estado ahí desde el primer día.
—Lo que pasa es que nosotros al principio no sabíamos nadar...
—¿Nosotros quiénes?
—Los chanchos y yo.
Ahí Analía empezó a preocuparse.
Pero el verdadero conflicto llegó una noche durante un asado.
Yo estaba relatando por vigésima vez la historia de la isla cuando uno me interrumpió.
—Y bueno... las vacas también nadan.
Se hizo un silencio incómodo.
Lo miré.
Sonreí.
Miré al resto de la mesa.
—Escucharon lo que dijo, ¿no?
Todos escucharon.
—Dice que las vacas también nadan.
—Y sí...
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Pero técnicamente...
—¡Técnicamente dice! ¡anda a laburar!.
La gente siempre arruina todo con el técnicamente.
—¿Qué diferencia hay?
—Toda.
—¿Cuál?
—No entendiste nada. Mirá qué me vas a comparar una vaca con un chancho. Tomatelas. Aburrís a todo el mundo.
Y seguí explicando la evolución porcina mientras todos intentaban volver a temas normales como la economía, la política o el fin del mundo.
Finalmente llegó el momento inevitable.
Volví semanas más tarde a la muestra de fotos.
No porque me interesara el arte, ni la fotografía, ni la cultura.
Volví por el chancho.
Mi chancho.
Le pregunté al fotógrafo cuánto costaba la foto.
—Dos mil dólares.
Sentí que me habían disparado. Ni siquiera pregunté si venía con el chancho.
Miré nuevamente el cuadro.
Seguía siendo un chancho.
Me acerqué un poco más, por las dudas… seguía siendo un chancho.
Buscaba algo que justificara dos mil dólares.
Pero no.
Y aunque estaba completamente enamorado de la historia, dos mil dólares por un chancho era un límite económico y emocional que no estaba dispuesto a cruzar.
Pero ya era tarde, porque yo había tomado una decisión. Quería un chancho en mi casa.
No sabía cuál. No sabía cómo. Pero quería un chancho. Mi chancho. ¡Nuestro chancho! ¡El pueblo necesitaba un chancho! Se ve, se siente, chancho presidente.
Y bueno...
Ahí está.
Porque el cuadro que tengo en el living no muestra a un héroe.
No es Chanchoquaman, Rey de Porklantis, protector de los arrecifes, señor de las corrientes y defensor de los fiordos.
Nada de eso.
Es un chancho.
Un chancho completamente terrestre.
Un modelo que no era anfibio.
Ni parecía tener interés en serlo.
Sentado dentro de una palangana común.
De plástico.
Gastada.
Se llama Rodolfo.
Era el chancho de un primo de Córdoba.
La foto es de diciembre de 2008.
Unos días antes de Navidad.
"Un gusto" haber conocido a Rodolfo.
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