Vacaciones en Familia
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No todo el mundo se iba de vacaciones cuando era chico, pero los que tuvimos esa suerte compartimos recuerdos bastante parecidos: viajes eternos, calor, peleas entre hermanos y un nivel de ilegalidad vial que hoy te mete preso en tres provincias distintas.
En mi caso éramos cuatro chicos viajando con mis viejos en un Peugeot 504. Un auto noble, durísimo… diseñado claramente para cinco personas normales, no para seis seres humanos, bolsos, conservadora, reposeras, sombrilla y un tupper con milanesas para “no gastar en la ruta”.
Las vacaciones arrancaban la noche anterior. Tus viejos te
decían:
“Bueno, a dormir temprano que mañana salimos a las 4”.
¿Dormir? Imposible.
Vos estabas más acelerado que perro antes de salir al veterinario. Eran las
vacaciones. Había ansiedad, emoción y además estabas convencido de que si te
dormías profundo capaz te dejaban como a Kevin McCallister, y nadie quería que
le digan que eres lo que los franceses llaman "les
incompetents"!.
Entonces te quedabas despierto escuchando movimiento de
bolsos, cierres, tu vieja gritando:
“¿Quién metió las ojotas mojadas acá?”
Y tu viejo abajo acomodando el auto como si estuviera jugando al Tetris en modo experto.
A la madrugada llegaba el momento más violento del viaje: el despertar.
Te sacudían como si hubiera un allanamiento. DOCUMENTOS!!!
—Dale dale dale, levantate que nos atrasamos.
Vos abrías un ojo, no entendías en qué planeta estabas y automáticamente venía la pregunta obligatoria:
—¿Hiciste pis?
Te lo preguntaban siete veces.
Había una obsesión enfermiza de los padres con que los chicos hagan pis antes
de salir a la ruta.
Parecía un requisito migratorio.
Arrancaba el viaje.
Las primeras cuadras las vivías despierto, mirando todo.
La calle vacía.
La oscuridad.
Los negocios cerrados.
Esa sensación hermosa de “no hay escuela y encima nos vamos”.
Y a los diez minutos caías desmayado con el cuello quebrado contra la ventana.
La primera parada en la estación de servicio era siempre igual.
“¡¡Todos abajo!! ¡¡Hagan pis rápido que seguimos!!”
La idea original era parar cinco minutos para cargar nafta y
agua para el mate.
Pero terminaba siendo una expedición militar de cuarenta minutos.
Uno no quería despertarse.
Otro quería comprar unas papitas.
Uno se olvidó de ir al baño.
Otro tenía hambre apenas después de haber desayunado.
Y siempre aparecía alguno diciendo:
“¿Me comprás unos chicles?” “A él le compraste papitas, yo quiero un patoruzu o
un condorito”
Mientras tanto tu viejo ya estaba entrando en combustión espontánea.
Y cuando finalmente todos volvían al auto… arrancaba la
verdadera guerra:
la distribución de asientos.
Nosotros éramos cuatro chicos.
No entrábamos ni en pedo.
Entonces el más chico iba upa adelante con mi vieja.
O alguno iba sentado en el medio, entre las dos butacas, arriba del freno de
mano tapado con una toalla, como si eso transformara en una silla ergonómica
homologada por la FIA.
Una vez incluso viajé acostado arriba de los bolsos en el
baúl de un rural que tenía mi viejo.
Hoy contás eso y te sacan la tenencia de los hijos retroactivamente.
La seguridad en esa época era una sugerencia, por no decir que la seguridad era dios.
Teníamos un sistema de rotación de lugares cada cierta cantidad de kilómetros porque nadie quería:
- ir al medio,
- ir aplastado contra la puerta,
- ni ir del lado de la conservadora.
La conservadora era otro tema.
Iba en el piso y te obligaba a viajar sentado “de chinito”, con las rodillas en
la pera durante cinco horas.
A los veinte minutos ya no tenías circulación en las piernas.
Y obviamente había otro clásico inevitable de cualquier
viaje largo:
el hermanito descompuesto.
Siempre alguno arrancaba:
“me siento mal…”
Y automáticamente el auto entero entraba en código rojo.
Tu vieja se daba vuelta desde adelante con esa desesperación típica de madre:
—¿Qué te pasa?
—¿Tenés ganas de vomitar?
—¡¡Abrí la ventana!!
—¡¡No mires para abajo!!
—¡¡Mirá al frente!!
Como si estuvieran desactivando una bomba nuclear.
Y ahí arrancaba la secuencia más estresante de todas:
ver si el vómito llegaba a salir afuera del auto o no.
Porque si dios te ayudaba, tu viejo alcanzaba a tirarse a la banquina y el pibe vomitaba al costado de la ruta agarrado de un guardarraíl, mientras todos lo miraban con cara de velorio.
Pero si no llegaban…
mamita querida.
Aparecía el mítico repasador salvador.
O una bolsita de supermercado agujereada que claramente no estaba preparada
para semejante batalla biológica.
Y después venía lo peor:
seguir viajando.
Porque aunque limpiaras todo, el olor quedaba.
Quedaba en el asiento.
En el cinturón.
En el aire.
En el alma.
Entonces seguías viaje con las ventanillas bajas, todos cagados de frío, mientras tus viejos tiraban frases completamente inútiles como:
—No pasa nada.
—Ya está.
—Se le fue el aire.
Y vos viajabas las siguientes cuatro horas respirando una mezcla de vómito, nafta súper, salamines y humedad de toalla mojada.
Todo generaba pelea.
TODO.
Cuando tu viejo se cansaba de tirar manotazos para atrás sin
ver, con el solo objetivo de embocar a alguno y que el resto se asuste o
tranquilice, mamá hacía una jugada maestra, había algo que pacificaba a la
humanidad:
los sanguchitos de jamón y queso con pan lactal.
Qué cosa espectacular comer sánguches aplastados por una
heladerita de telgopor.
Tenían gusto a ruta, a verano y a mayonesa apenas al límite de la intoxicación.
Y yo dividía las vacaciones en dos tipos:
o ibas a la playa…
o ibas a ver paisajes y embolarte.
Si tocaba Córdoba o algún lugar de montaña, era caminar
atrás de tus viejos mientras ellos admiraban piedras gigantes y vos pensabas:
“Qué lindo todo… ¿cuándo nos vamos?”
Tus viejos encima pagaban entrada para ver un arroyo.
Y vos terminabas en un río seco tirando piedras o armando una represa diminuta que inevitablemente terminaba en tragedia.
Porque siempre alguien salpicaba al otro.
El otro se calentaba.
Uno empujaba.
Otro lloraba.
Y en menos de diez minutos había una crisis diplomática familiar.
En cambio la playa era libertad.
Te levantabas temprano.
Te embarrabas.
Te metías al agua.
Pedías helado.
Pedías churros.
Pedías coca.
Pedías teledirigidos.
Pedías una pelota.
Pedías cualquier mierda que vieras pasar.
Los padres estaban económicamente devastados para el tercer día.
Y cuando volvías del mar arrancaba otra competencia
histórica:
quién se bañaba primero.
El que iba primero agarraba:
- el agua caliente,
- el baño limpio,
- y la única toalla que todavía no pesaba ocho kilos de arena mojada.
Los últimos se secaban con una lija marina directamente.
Y aparecían las famosas tostadas de vacaciones.
Porque durante el año nadie hacía tostadas.
Pero en vacaciones sí.
No sé por qué.
Era ley.
Capaz estabas en un departamento diminuto en Mar del Plata
con humedad, una mesa de plástico y seis personas amontonadas…
pero aparecían tostadas y automáticamente parecía un hotel cinco estrellas.
El problema eran los días de lluvia.
No había playa.
No había río.
No había nada.
Entonces tus viejos decían:
“Bueno, vamos al centro”.
Mamita querida.
El nivel de gasto innecesario que se generaba era tremendo.
Vos querías quedarte doce horas en los fichines mientras tus viejos solo querían caminar despacio, comprar churros y mirar vidrieras.
Encima los locales de videojuegos de los 90 eran turbísimos.
Me acuerdo una vez en Brasil, más o menos en el 92, que nos
mandaban solos con mis hermanos a jugar a los videojuegos.
Hoy lo pienso y era un antro donde tranquilamente traficaban órganos.
Pero en esa época los padres tenían una tranquilidad
admirable.
Vos desaparecías cuatro horas y alcanzaba con decir:
“Estábamos jugando a las Tortugas Ninja”.
Y lo último que recuerdo de las vacaciones familiares era
una regla tácita:
cada vez que salías a comer había que pedir milanesa con papas fritas.
No importaba que hubieras viajado 1.800 kilómetros.
No importaba la gastronomía local.
No importaba nada.
Milanesa con papas fritas.
O sea, exactamente lo mismo que comías en tu casa…
pero con vista al mar.

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