El sodero de mi vida

 

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No sé si alguno de ustedes ha tenido un amigo sodero.

Pero el que haya tenido uno seguramente sabrá que son personajes particulares, gente distinta. Gente que maneja información que el resto de nosotros jamás llegará a comprender.

Yo tengo uno, un pibe de barrio, macanudo, callado, más bien introvertido.

Por eso nunca entendí cómo podía trabajar repartiendo soda. Porque para repartir soda hay que tocar timbres, hablar con gente, cobrar, escuchar problemas.

Había algo que no cerraba.

Después estaba la camioneta.

Porque una cosa es repartir soda.

Otra cosa es repartir soda arriba de una F100 roja impecable.

La pintura brillaba más que algunos autos cero kilómetro.

Tenía llantas cromadas.

Equipo de sonido.

Vidrios polarizados.

Suspensión rebajada.

Yo conocía abogados con peores vehículos.

Y ahí fue cuando empecé a sospechar.

Un día le dije:

—Llevame a repartir con vos.

—¿Para qué?

—Quiero entender.

—¿Entender qué?

—La camioneta.

Me miró un rato.

Suspiró.

Y aceptó.

Arrancamos temprano cargando sifones y bidones.

Toda la mañana fue completamente normal.

Demasiado normal.

Hasta que cerca de las diez frenó en un descampado medio alejado de la ciudad.

Apagó el motor.

Me miró.

Y dijo:

—Esperame un toque que me voy a preparar.

—¿Preparar para qué?

Silencio.

Golpe de puerta.

Se bajó de la camioneta.

Primero se acomodó el pelo.

Bueno.

Normal.

Después sacó perfume.

Todavía normal.

Después apareció una cadena dorada.

Ahí ya me llamó la atención.

Después sacó un pote de autobronceante.

Y ahí empecé a preocuparme.

Pero cuando apareció un bigote postizo directamente me alarmé.

—¿Y eso?

—La identidad secreta.

—¿Qué identidad?

—La profesional.

—¿Sos Batman?

—No.

—¿Superman?

—No.

—Clark Kent repartía diarios.

—Sí.

—Superman salvaba el mundo.

—También.

—¿Y vos?

Se acomodó el bigote frente al espejo.

—Gustavo reparte soda.

Hizo una pausa dramática.

—Soderman, el Rey de las Burbujas, se encarga del resto.

No supe qué responder.

Finalmente empezó a sacarse la ropa.

—¿Qué hacés?

—Trabajando.

—¿Trabajando?

—Sí.

—¿En sunga?

—Ahora arranca el reparto de verdad.

No me dejó hacer más preguntas.

Se puso una sunga animal print de esas que normalmente solo pueden verse en tres lugares:

un crucero caribeño,

las vacaciones de Ricky Martin,

o en el programa Alerta Aeropuerto.

Terminó de engominarse el pelo.

Se puso unos lentes espejados.

Y sacó dos parlantes bluetooth.

Después abrió una conservadora.

—¿Qué tenés ahí?

—Pastillas para la presión.

—¿Para vos?

—No.

—¿Entonces?

—Para las chicas.

Ahí debí haberme bajado de la camioneta.

Pero ya era tarde.

Seguimos avanzando.

Y empecé a notar algo raro.

Las persianas se abrían.

Las ventanas se entreabrían.

Las cortinas se movían.

Sentí que nos estaban observando.

—¿Qué está pasando?

—Ya nos vieron.

—¿Quiénes?

Sonrió.

No respondió.

Dos cuadras más adelante empezó el caos.

Las puertas se abrieron de golpe.

Las mujeres comenzaron a salir de las casas.

Decenas.

Vestidos floreados.

Ruleros.

Sandalias.

Sifones vacíos.

Una señora abandonó la peluquería con la tintura puesta.

Otra apareció corriendo con un andador.

Una llevaba reposera.

Otra binoculares.

Una tercera sostenía un cartel que decía:

"Sodero te amo".

Y una estaba contando monedas sentada en una reposera.

—¿Hace mucho que espera?

—Desde anoche.

La respeté profundamente.

Pero eso no era todo.

Había una señora vendiendo choripanes.

Otra vendía remeras.

Había gorras.

Llaveros.

Calcomanías.

Y una jubilada ofrecía un calendario del sodero.

No pregunté en qué ropa estaba cada mes.

Mi amigo estacionó en medio de la calle.

Me miró.

Sonrió.

Y dijo:

—Show time.

Subió el volumen.

Empezó a sonar "I'm Sexy and I Know It".

Y salió por la ventana de la camioneta.

Las mujeres explotaron.

—¡¡¡PAPIIIIIIITOOOOOO!!!

—¡¡¡SODEROOOOOO!!!

—¡¡¡REY DE LAS BURBUJAAAAAS!!!

Subió a la caja.

Agarró un sifón.

Y empezó a bailar.

Entre el autobronceante, el aceite corporal y el reflejo del sol, el tipo brillaba tanto que durante unos segundos pensé que estaba presenciando una ceremonia egipcia.

Solo faltaban unas pirámides y alguien sacrificando un pollo en honor a Ra, dios del sol.

—¿Quién quiere sodita para refrescarse?

El griterío fue ensordecedor.

Las mujeres se acercaban dejando los sifones vacíos y retirando los llenos.

Todo mientras intentaban tocarlo.

Algunas le metían billetes directamente en la sunga.

Otras le tiraban flores.

Una intentó darle un beso.

—Tranquilas mis reinas, hay sifones para todas.

En eso una jubilada intenta acercarse demasiado a la camioneta.

—Zulma.

La mujer se congela.

—¿Qué te dije la semana pasada?

—Perdón.

—Nada de monedas por el culo.

—Pero eran las de dos litros...

—No me importa el tamaño del pedido, Zulma.

—Perdón.

—Y devolvé el sifón que te llevaste abajo del vestido.

—Esa no fui yo.

—Zulma.

Todas las demás asintieron.

Como si fuera una situación habitual.

Y aparentemente lo era.

En menos de diez minutos había vendido toda la carga.

Toda.

No quedó un solo sifón.

Pero el espectáculo continuó.

Sonó Luis Miguel.

Sonó Ricky Martin.

Sonó Chayanne.

Sonó Gilda.

Y en algún momento se armó un pogo.

Un pogo real.

Con jubiladas.

Algo que ningún organismo internacional recomienda.

Una señora perdió una dentadura.

Otra encontró una que no era la suya.

Y el espectáculo continuó normalmente.

Después levantaron en andas a una vieja en silla de ruedas.

La pasearon por toda la cuadra mientras agitaba un sifón vacío por encima de la cabeza.

Parecía Freddie Mercury.

Pero con PAMI.

En un momento dos señoras empezaron a empujarse para acercarse al escenario.

El sodero levantó un sifón.

Todo el barrio se quedó en silencio.

Después disparó un chorro al aire.

PSSSSSSSSHHHHHHHH.

Y el orden volvió instantáneamente.

Como un domador de leones.

Pero de jubiladas.

Fue impresionante.

Y aterrador.

Una mujer tenía tatuado en el brazo:

"Soda o muerte".

Ahí entendí que la situación se había ido completamente de las manos.

Cuando finalmente terminó el show se subió nuevamente a la camioneta.

Empezó a contar la plata.

Y me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Te asustaste?

—Un poco.

—La primera vez nos pasa a todos.

"Nos".

Ya hablaba como si perteneciera a una organización secreta.

—¿Hace mucho que hacés esto?

—Doce años.

—¿Y siempre es igual?

—No.

—¿No?

—Los lunes hago jubiladas.

—Ajá.

—Los martes divorciadas.

—Claro.

—Los miércoles son las viudas.

—¿Las viudas?

Bajó la vista.

—Son bravas las viudas.

No pregunté más.

—¿Y los jueves?

Se quedó callado.

Miró al horizonte.

—Los jueves no te los puedo contar.

Sentí miedo.

—¿Y nunca hubo competencia?

—Una vez.

—¿Qué pasó?

—Se cruzó un repartidor de bidones nuevo.

—¿Y?

—No volvió.

Mientras volvíamos al depósito entendí todo.

Entendí la camioneta.

Las llantas.

El estéreo.

Los polarizados.

La suspensión.

Y sospeché seriamente que estaba financiando una segunda sucursal.

Lo último que vi fue la F100 alejándose por la avenida.

El estéreo sonando.

El brazo afuera de la ventanilla.

Y la sunga secándose al viento.

Así que la próxima vez que vean a su sodero no lo juzguen.

Ustedes ven un repartidor.

Yo veo un artista.

Un emprendedor.

Un visionario.

Un hombre que convirtió agua con gas en una experiencia.

Algunos reparten soda.

Otros hacen historia.

 

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