Olor a Libertad
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Entre los eventos más importantes de cualquier año escolar —o de cualquier temporada si hacías algún deporte— sin duda estaban los viajes.
No importaba si el destino quedaba a veinte minutos o a quinientos kilómetros.
La verdadera premisa era otra.
Irte unos días sin tus viejos.
Todo lo demás era decorado.
La organización llevaba meses de reuniones, coordinaciones, llamados y responsabilidades de las que uno jamás se enteraba.
Para nosotros el trabajo consistía básicamente en una sola cosa:
Recordarle a nuestros padres que pagaran las cuotas que faltaban.
Todo empezaba a tomar forma cuando aparecían dos documentos fundamentales.
La autorización.
Y la lista de cosas a llevar.
La autorización era un documento de suma importancia donde los padres les cedían temporalmente la propiedad de sus hijos a los profesores.
Firmaban cualquier cosa.
Si el formulario decía:
"Autorizo a que mi hijo participe de actividades recreativas."
Firmaban.
Si decía:
"Autorizo a que mi hijo sea intercambiado por dos cabras y una radio a pilas en la Triple Frontera."
También firmaban.
Lo importante era que no los llamaran.
No importaba si te picaba una abeja, te atropellaba un caballo o descubrías una alergia desconocida a los huevos de codorniz.
A partir de ese momento ya eras problema de los profesores.
O del coordinador.
O del colectivero.
O de algún pobre padre voluntario que había tomado la peor decisión de su vida.
El segundo documento era la lista de cosas a llevar.
Una lista interminable.
Ropa para cada día.
Ropa de repuesto.
Elementos de higiene.
Linterna.
Bolsa de dormir.
Gorra.
Protector solar.
Repelente para mosquitos.
No importaba si viajabas a la nieve o al desierto.
La lista era siempre la misma.
Estoy bastante seguro de que algunas escuelas todavía usan una fotocopia hecha en 1987.
En todos los viajes existía además un personaje inevitable.
En nuestro caso se llamaba Miguel.
Miguelito.
El Enano Miguel.
Era de esos chicos que uno veía subir al colectivo perfectamente sano y ya sabía que iba a volver con algún vendaje.
No porque tuviera mala suerte.
Porque la buscaba.
Miguelito encaraba los viajes escolares como si fueran una competencia.
Había que vivirlo todo.
Ni bien se subía al micro ya estaba comiendo chizitos.
A los diez minutos se había enamorado.
A los treinta estaba vomitando.
A la hora estaba castigado.
No necesariamente en ese orden.
Generalmente los viajes comenzaban en horarios completamente ridículos.
—Nos encontramos el martes a las tres de la mañana en la Plaza de las Palomas.
Y ahí aparecíamos todos.
Con bolsos gigantes.
Como si estuviéramos emigrando del país.
Se juntaban las autorizaciones.
Se acomodaban los bolsos.
Y empezaba a formarse lentamente el verdadero aroma de la aventura.
El olor a colectivo.
Y cuando digo olor a colectivo no hablo de algo romántico.
Hablo de humedad.
Olor a pata.
Lysoform recién tirado por el chofer.
Un poco de Mister Músculo escapando del baño todavía limpio.
Y finalmente el perfume oficial del viaje escolar:
Los primeros paquetes de chizitos abriéndose a las tres de la mañana sin ningún tipo de respeto por la humanidad.
La dinámica siempre era la misma.
Ni bien arrancaba el micro todos corrían a las ventanas para despedirse de sus padres.
Y si tus padres ya se habían ido, saludabas igual.
A cualquiera.
A una señora.
A un perro.
A una bicicleta.
Lo importante era agitar la mano.
A los diez minutos ya parecía que estabas viajando en medio de Vietnam.
O participando de un motín en una cárcel de máxima seguridad.
Chicos corriendo por el pasillo.
Gente gritando desde el fondo.
Profesores arrepentidos de todas sus decisiones.
Y Miguelito intentando convencer a alguien de que estaba enamorado.
El baño merecía un capítulo aparte.
Tenía una velocidad de deterioro extraordinaria.
Cuando salíamos estaba impecable.
A la media hora ya era preocupante.
A las dos horas era un ecosistema independiente.
Había más bacterias que pasajeros.
Parecía que habían evacuado un crucero entero.
Los del fondo se creían narcotraficantes colombianos porque habían conseguido los últimos asientos.
Tres horas después estaban derretidos arriba del motor como una vela olvidada al sol.
Los de las ventanas discutían eternamente.
Uno quería abrirla.
El otro quería cerrarla.
La ventana estaba rota.
Ambos perdían.
Algunos compartían auriculares del walkman.
Otros jugaban a las cartas.
Y siempre aparecía alguien distribuyendo las primeras revistas pornográficas que uno veía en su vida.
Material que hoy tendría valor arqueológico.
Circulaban dobladas en cuatro.
Como documentos secretos de la Guerra Fría.
Miguelito las recibía con la misma seriedad con la que un científico recibe una vacuna experimental.
A medida que el viaje avanzaba empezaban a calmarse los gritos.
Pero aumentaban los olores.
Siempre aparecía alguno que se mareaba.
Y cuando uno vomitaba, automáticamente vomitábamos todos un poco.
Porque el colectivero respondía con la peor solución posible.
Desodorante de ambiente.
Mucho.
Tanto que terminabas respirando una mezcla de vómito tropical, limón artificial y desesperación.
Las quejas también empezaban a multiplicarse.
—¿Falta mucho?
—¿Cuánto falta?
—¿Y ahora cuánto falta?
Preguntas que se repetían cada siete minutos aunque la respuesta siempre fuera exactamente la misma.
Mucho.
Faltaba mucho.
Dormir tampoco era una opción.
Era una cuestión de prestigio.
El primero que se dormía quedaba automáticamente fuera de la cadena alimenticia.
Ni hablar si se dormía con la boca abierta.
A partir de ese momento se convertía en patrimonio cultural del viaje.
Todos querían una foto.
Todos querían dibujarle algo.
Todos querían aparecer en la foto con él.
—¿Cómo te vas a dormir, nene?
Finalmente llegábamos.
Destrozados.
Pero llegábamos.
Y ahí el viaje se dividía en dos posibilidades completamente distintas.
La primera era que todo el grupo se alojara en el mismo lugar.
Un club.
Un hotel.
Un camping.
Un complejo de cabañas.
La segunda era mucho más emocionante.
Que te alojara una familia desconocida.
Y eso era una lotería.
Los coordinadores empezaban a pasar lista.
Y uno esperaba el veredicto como si estuvieran repartiendo herencias.
¿Quién me va a tocar?
¿Tendrán auto?
¿Tendrán plata?
¿Y si tienen reglas raras?
¿Y si me hacen comer verduras?
¿Y si cenan a las siete de la tarde?
¿Y si rezan antes de comer?
¿Y si me hacen usar el bidet?
Cuando finalmente te asignaban una familia, empezaba la aventura.
La casa ajena era un universo paralelo.
Olía distinto.
Se manejaba distinto.
Tenía silencios distintos.
Había horarios que no respetaban ninguna lógica conocida.
¿Cómo que no almuerzan a las doce y media?
¿Cómo que toman la leche a las cinco?
¿Cómo que la gaseosa es solamente para los domingos?
Siempre había un perro asesino que te odiaba durante toda la estadía y recién se hacía tu amigo cuando te estabas por volver.
Una madre exageradamente amable que daba miedo.
Y la hermana de tu anfitrión.
Que uno estaba convencido de que iba a enamorarse automáticamente de vos por el simple hecho de venir de otra ciudad.
Eras una especie de visitante exótico.
Un embajador internacional.
Un pelotudo, básicamente.
A Miguelito una vez le tocó una familia vegetariana.
Todavía hoy sostiene que fue discriminación ideológica.
Según él, lo quisieron alimentar exclusivamente con acelga.
La familia niega los hechos.
Miguel también.
Porque después se olvidó exactamente qué había pasado.
Lo único seguro es que volvió más flaco.
Hoy no sé si siguen existiendo las familias anfitrionas.
Con todos los quilombos de seguridad que hay, me cuesta imaginar a un padre dejando a su hijo tres días en la casa de un desconocido.
Antes era distinto.
Tus viejos recién sabían de vos cuando llegabas.
Y con suerte.
Porque había que esperar que la familia te llevara a un teléfono público.
Sacar un papelito arrugado del bolsillo.
Marcar el número de memoria.
Y decir:
—Hola.
—Sí, llegamos.
—Sí, está todo bien.
—Sí.
—Bueno.
—Chau.
Y listo.
Comunicación completada.
Hoy los chicos tienen celulares.
Videollamadas.
GPS.
Ubicación en tiempo real.
Los padres pueden saber exactamente dónde están sus hijos a cualquier hora.
Nosotros desaparecíamos cuarenta y ocho horas y nadie se preocupaba demasiado.
O por lo menos eso parecía.
Si por otro lado todo el grupo se alojaba en el mismo lugar, la experiencia era distinta.
Y para mí mucho mejor.
Porque compartías absolutamente todo con tus amigos.
Y también con tus enemigos.
Ahí aprendías un montón de cosas.
No estaban tus viejos para hacerte la cama.
No estaban para alcanzarte la toalla.
No estaban para buscarte la ropa limpia.
Eras vos contra el mundo.
O contra una mochila llena de cosas que ya no encontrabas.
Y eso te hacía sentir grande.
Comías todos juntos en una especie de comedor gigante.
Y te servían lo que había.
No existía el:
—No me gusta.
Te lo comías igual.
O te cagabas de hambre.
Muchas veces además aparecían actividades que para uno eran completamente nuevas.
Prender un fuego.
Armar una carpa.
Cocinar huevos duros en un jarro.
Calentar salchichas.
Lavar platos.
Cosas mínimas.
Pero que a los doce años te hacían sentir Bear Grylls.
Miguel una vez logró quemar una salchicha, un repasador y parte de una mesa en la misma maniobra.
Todavía no entendemos cómo.
Los profesores tampoco.
Y después llegaba uno de los momentos más delicados de cualquier viaje escolar.
Las duchas.
La vulnerabilidad absoluta.
Vos solo.
Con tu toallita.
Esperando turno.
Rezando para que todavía quedara agua caliente.
Y de golpe empezabas a descubrir algo que hasta entonces no habías pensado demasiado.
Que cada cuerpo era distinto.
Muy distinto.
Y todos sabemos que los chicos son crueles.
Pero también increíblemente inocentes.
Entonces aparecían observaciones devastadoras.
El flaquito parecía un sobreviviente de guerra.
El musculoso dormía abrazado a un Pikachu.
Uno tenía un bóxer agujereado.
Otro seguía usando calzoncillos infantiles.
Todo era información social extremadamente sensible.
Y todo se sabía.
Siempre.
Recuerdo particularmente un episodio.
Estábamos haciendo fila para bañarnos cuando uno de mis compañeros golpeó una puerta.
Nadie respondió.
Volvió a golpear.
Nada.
Entonces abrió.
Y automáticamente escuchamos un grito desesperado.
—¡¡NOOOO!! ¡¡¡SALÍ!!! ¡¡¡CERRÁ LA PUERTA!!!
La cerró de inmediato.
Nos quedamos todos mirando.
Al rato salió un compañero con una expresión devastada.
—¿Qué pasó?
—Ahora conocen mi secreto.
—¿Qué secreto?
—Que soy gordo.
Se hizo un silencio.
El pobre pensaba que llevaba años engañando a la humanidad mediante el uso estratégico de la ropa.
Tenía doce años.
Y aproximadamente ciento veinte kilos.
Guardaba ese secreto con el mismo nivel de protección que los códigos nucleares.
Cuando llegaba la noche arrancaba otra etapa.
La de los dormitorios.
Colchones finitos.
Ronquidos infernales.
Uno hablando dormido.
Guerra de almohadas.
Olor a medias húmedas.
El coordinador entrando cada veinte minutos para amenazar con cancelar actividades.
Y el bullying nocturno.
Que era distinto.
Más sofisticado.
Más táctico.
Como operaciones especiales.
La oscuridad protegía identidades.
La gente cambiaba la voz.
No sabías quién te estaba cargando.
Así que arrancaban persecuciones absurdas entre cuchetas para restablecer el honor perdido.
Miguel era especialista en eso.
Provocaba.
Insultaba.
Desaparecía.
Y cinco minutos después estaba escondido atrás de una mochila viendo cómo otros dos se peleaban por algo que había dicho él.
Un profesional.
Y finalmente llegaba el momento más importante de todos.
Cuando apagaban las luces.
Porque ahí empezaba el verdadero viaje.
Las historias de terror.
Las charlas sobre chicas.
El amigo filósofo.
El que lloraba porque extrañaba a la familia.
El que aseguraba haber visto un fantasma.
Y el que volvía a sacar las revistas prohibidas que habían sobrevivido milagrosamente a todos los controles.
Nadie quería dormirse.
Dormirse era rendirse.
Era perderse algo.
Aunque al día siguiente estuvieras destruido.
Y cuando todo terminaba llegaba el viaje de regreso.
Otra vez el colectivo.
Pero ya no era el mismo.
El olor seguía estando.
Quizás peor.
Ropa húmeda.
Toallas mojadas.
Bolsos fermentando.
Caras destruidas.
Alguien enfermo.
Alguien enamorado.
Alguien peleado.
Y todos agotados.
Hasta Miguel.
Que después de tres días de actividad constante parecía un celular con 1% de batería.
Y eso ya era preocupante.
Las madres esperaban en la llegada como si volviéramos de una campaña militar.
Y en cierto modo era así.
Habíamos sobrevivido.
Habíamos aprendido cosas.
Habíamos hecho amigos.
Habíamos hecho papelones.
Y habíamos descubierto que se podía vivir varios días sin que tus viejos estuvieran detrás de vos preguntando si llevaste abrigo.
Después venía el reencuentro.
La semana siguiente.
Cuando todos contaban sus anécdotas.
Sus desgracias.
Sus romances imaginarios.
Y las horas que habían dormido al volver a casa.
Porque no importaba cuánto te hubieras divertido.
Siempre había alguien que decía:
—Yo dormí dieciséis horas seguidas.
Y otro respondía:
—Pff... yo dieciocho.
Como si fuera una competencia olímpica.
Y quizás lo era.
Porque esos viajes te cambiaban un poco.
Te hacían crecer.
Te daban historias para contar durante años.
Y aunque hoy nos duela la espalda por dormir una sola noche en un colchón malo, creo que casi todos volveríamos a dormir en esos colchones finitos con olor a humedad si nos dejaran volver a tener doce años por un fin de semana.
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